Harlem está ambientada en el Nueva York de 1931, en plena Gran Depresión. Stéphanie «Queenie» St. Clair, inmigrante antillana, ha construido un imperio basado en la lotería clandestina del barrio, los numbers, y lo dirige con un criterio muy suyo: el dinero que entra sale en préstamos, empleos y favores para la gente de Harlem. Es una criminal y es una benefactora, y Mikaël no intenta resolver esa contradicción. La deja en cada página como el motor del personaje.
El conflicto lo pone Dutch Schultz. El gánster blanco quiere quedarse con el negocio y Queenie no está dispuesta a pagarle protección. A su lado tiene a Ellsworth «Bumpy» Johnson, su hombre de confianza, y a Tillie, la amiga con la que baja la guardia. En contra tiene a una policía corrupta y a un periodista blanco, Robert Bishop, que hace de narrador. Bishop cuenta la historia en retrospectiva, como alguien que sabe que cometió un error y necesita contarlo. Esa voz da al álbum un tono de confesión que lo diferencia de un thriller de gánsteres al uso.
El guion mezcla el presente de la lucha por Harlem con secuencias del pasado de Queenie, de su infancia y de las cicatrices que arrastra. Son páginas casi mudas, sin apenas texto, en las que Mikaël deja que el dibujo cuente lo que ella nunca dice en voz alta. Funcionan mejor cuando se limitan a insinuar. Cuando se alargan, el ritmo del álbum se resiente, y en un tomo de 136 páginas ese tropiezo se nota.
También hay espacio para el lado público de Queenie. En una de las secuencias publica un artículo en prensa en el que denuncia los desahucios, la brutalidad policial y el turismo cultural que trata Harlem como un decorado. Es un pasaje con intención política clara y con base real: St. Clair usó la prensa afroamericana de la época para defender a su comunidad. El álbum acierta al darle ese peso. Queenie no es solo la reina de la lotería, es una mujer que sabe usar la palabra escrita como arma.
Si hay una pega, es que algunos temas, el racismo, la violencia de género, la homofobia, entran en la historia con menos sutileza de la que merecen. Se nombran, se dibujan, y la trama sigue. Un lector exigente querrá algo más de detenimiento en ellos. A cambio, el álbum tiene un sentido de la narración visual que compensa buena parte de esas prisas.
Detrás de la ficción hay una mujer real. Stéphanie St. Clair llegó a Nueva York en 1912 desde el Caribe y montó su negocio de los numbers en Harlem cuando casi nadie le habría dado un futuro. Tras el fin de la Prohibición, Dutch Schultz entró en el barrio y ella y Bumpy Johnson se negaron a pagarle protección. La historia real incluye redadas, una condena y un testimonio ante la comisión que investigaba la corrupción policial, con agentes despedidos después. Mikaël no cuenta todo eso con afán de crónica, y hace bien, pero el armazón histórico da solidez al guion y explica que Queenie nunca parezca un personaje inventado para la ocasión.
El giro central tiene que ver con Bishop. El periodista, que se presenta como aliado, acaba traicionando a Queenie sin querer, y el álbum lo trata como una cuestión de complicidad más que como un golpe de efecto. La pregunta que deja es incómoda: qué hace un aliado blanco cuando su comodidad entra en conflicto con aquello que dice defender. Es una buena idea, pero se resuelve con cierta prisa, y la traición se siente más anunciada que ganada. La parte final del álbum, con Queenie de nuevo frente a la policía corrupta y a la presión de la mafia, tiene más fuerza en lo visual que en lo narrativo.
El arte de Mikaël
Guion, dibujo y color son de Mikaël, y eso se nota en la coherencia del conjunto. La línea es fina y nerviosa, con encuadres de poder: Queenie vista desde abajo para darle peso, el periodista visto desde arriba para quitárselo. El color distingue los tiempos. El presente de la Depresión se mueve entre sepias, marrones y grises, con bares clandestinos y lluvia; los flashbacks cambian a azules grisáceos y morados con acentos amarillos. Algunas páginas parecen acuarela y casi todas tienen el cuidado de alguien que ha pisado esas calles.
La ciudad es un personaje más. Mikaël dedica varias páginas a mostrar Harlem sin diálogo, con coches, fachadas, moda y gente de la época dibujados con una precisión que invita a pararse. Se nota la influencia de la tradición del cómic norteamericano de ciudad, y se nota que el autor ha hecho los deberes. Es la mejor razón para leer el álbum, y la que más se recuerda cuando se cierra.
La edición de Norma
Norma Editorial publica Harlem en cartoné, a 23,5 x 31 cm, con 136 páginas a todo color y a un precio de 35 euros. El gran formato es lo que corresponde a un dibujo así: las páginas mudas y las vistas de la ciudad se ven con el tamaño que necesitan. El precio es alto, pero el tomo recoge la historia completa en un solo volumen, algo que el original francés repartía en dos álbumes.
Es el tercer título del llamado tríptico neoyorquino de Mikaël, después de Giant y Bootblack, aunque se lee sin haber leído los anteriores. Si te interesa la BD histórica de Norma, tienes nuestra reseña de El vuelo del cuervo, y en la web de la editorial está la ficha con avance de páginas.
Conviene no confundirlo con Queenie. La madrina de Harlem, otro cómic europeo sobre el mismo personaje que Norma ya publicó. Son obras distintas, con equipos distintos, y cada una se lee por separado.
Harlem gana por el dibujo y por el personaje. Queenie es un personaje con aristas, la ambientación está cuidada hasta el último detalle y Mikaël sabe cuándo callarse. Lo que flojea es el guion en algunos tramos, con flashbacks que se alargan y temas tratados deprisa. Aun así, para quien busque cómic histórico con carácter propio, es una de las apuestas más sólidas de Norma este otoño. Merece la pena, aunque sea más por lo que se ve que por lo que se cuenta.
Título: Harlem
Guion: Mikaël
Dibujo: Mikaël
Color: Mikaël
Editorial: Norma Editorial
Editorial original: Dargaud
Formato: Cartoné, 23,5 x 31 cm, a color
Páginas: 136
Precio: 35 €
Fecha de publicación: 18 de septiembre de 2026
ISBN: 978-84-679-8555-9





