Hay obras que, más que leerse, se contemplan. Los Ojos del Gato, recuperado ahora por Norma Editorial en una espectacular edición de lujo en gran formato (27,4 x 36,5 cm, 56 páginas en blanco y negro con cantos tintados), es uno de esos cómics que obligan a bajar el ritmo, a quedarse atrapado en cada página y a aceptar que la historia importa tanto como la forma en la que se cuenta. Es el primer encuentro creativo entre Alejandro Jodorowsky y Moebius, dos gigantes del noveno arte, y ya desde aquí se intuye la explosión de ideas, símbolos y audacia visual que más tarde cristalizaría en obras como El Incal.
El planteamiento de Los Ojos del Gato es engañosamente simple: un niño ciego, enmarcado en la ventana de un edificio derruido, espera el regreso de Meduz, un águila entrenada para cazar. Al otro lado, en las ruinas de una ciudad desierta, un gato negro se mueve entre piedras, sombras y haces de luz. A partir de este esquema mínimo, la obra construye una coreografía lenta, hipnótica y cruel entre cazador, presa y amo, hasta un desenlace tan breve como demoledor. Lo que podría ser un simple cuento macabro se transforma en una reflexión sobre la mirada, el poder y el deseo de ver aquello que el mundo oculta.
Un relato mínimo cargado de simbolismo
Jodorowsky reduce el texto a lo esencial. El personaje humano apenas pronuncia unas pocas frases, casi todas dirigidas al ave o a sí mismo. No hay grandes explicaciones, ni monólogos filosóficos extensos, ni contextualización histórica. Sin embargo, cada línea funciona como detonante de interpretación. El protagonista celebra “jugar a ver” a través de los ojos arrancados por su fiel Meduz, y remata la historia con una petición escalofriante: la próxima vez quiere los ojos de un niño. En una sola frase, Jodorowsky condensa una metáfora brutal sobre la perversión de la mirada, la ansia de recuperar una inocencia perdida o quizá la voluntad de apropiarse de la visión pura de otro.
La ciudad en ruinas refuerza ese discurso. No se especifica dónde estamos ni qué ha ocurrido, pero el paisaje de edificios semiderruidos, calles vacías y silencio pesado sugiere un mundo posterior a la catástrofe. El niño que juega a ver en medio de un entorno devastado encarna una humanidad encerrada, aislada del exterior, incapaz de mirar por sí misma y dependiente de intermediarios para comprender el mundo. El gato, animal asociado tradicionalmente a lo sagrado, a lo misterioso y a lo oculto, se convierte en víctima sacrificial de esa obsesión por controlar la visión ajena.
La estructura visual: repetición, ritmo y tensión
Donde Los Ojos del Gato se vuelve realmente fascinante es en su construcción gráfica. Moebius diseña el cómic como una especie de partitura visual. En una página, siempre la misma viñeta: el niño en la ventana, dibujado dentro de un marco negro grueso, con un fondo amarillo que explota como un foco de luz artificial. En la página enfrentada, ilustraciones a toda página que muestran el avance del águila, el recorrido del gato, la ciudad, los escombros, los rayos de sol que atraviesan el polvo. La repetición sistemática de la imagen del niño, apenas alterada por pequeños cambios en el gesto o la expresión, crea un efecto hipnótico y casi obsesivo.
Este juego de espejo tiene muchos efectos. Por un lado, marca un ritmo de lectura muy particular: el lector avanza alternando entre la quietud casi teatral del personaje y el movimiento fluido del exterior. Por otro, subraya el contraste entre encierro y espacio abierto. El recuadro negro alrededor del niño amplifica la sensación de altura, de distancia y de aislamiento, mientras que las páginas a sangre que muestran la ciudad, sin marcos, producen lo contrario: agobio, amplitud, ruido sugerido. Son dos mundos que se rozan pero no se tocan, unidos solo por el vuelo de Meduz y la imaginación del lector.
La línea de Moebius: precisión, misterio y silencios
Aunque la edición de Norma Editorial presenta la obra en blanco y negro, el trazo de Moebius es tan rico que no necesita color para resultar deslumbrante. Cada piedra, cada cable tendido, cada grieta en los edificios está dibujada con una precisión casi obsesiva, pero nunca fría. La ciudad parece viva en su destrucción, como si en cualquier momento pudiera desplomarse un muro o surgir una figura de entre los escombros. El gato negro, pequeño en muchas viñetas, se desliza con elegancia y tensión felina, convirtiéndose en foco visual dentro de escenarios cargados de detalle.
El uso del espacio negativo y de la luz es fundamental. Haces de sol atraviesan la composición, recortan siluetas, convierten fachadas en sombras abismales. La mirada del lector se ve guiada constantemente por diagonales, líneas de fuga y contrastes de blanco y negro que simulan una especie de iluminación teatral. Todo esto refuerza la sensación de estar observando un ritual cuidadosamente coreografiado, no una simple escena de caza.
Además, Moebius domina el arte del silencio. Muchas páginas se leen sin necesidad de una sola palabra, apoyadas únicamente en la secuencia de gestos, desplazamientos y cambios de perspectiva. Ese silencio es inquietante, casi sagrado, y hace que cuando aparece el texto, por breve que sea, resuene con mucha más fuerza.
Una lectura corta que se queda mucho tiempo
Una de las características más comentadas de Los Ojos del Gato es su brevedad. Son 56 páginas que, en manos de un lector apresurado, podrían recorrerse en pocos minutos. Pero hacerlo así sería perder gran parte de su valor. Esta es una obra que pide relecturas, pausas, idas y venidas entre páginas, atención a detalles mínimos: el fondo que aparece tras el niño cada vez que asoma, la evolución de las sombras en las calles, la forma en la que el rayo de sol se convierte en eje de la persecución.
Cada nueva lectura puede ofrecer una interpretación distinta. Puede leerse como un cuento cruel sobre la caza y la crueldad gratuita, como una parábola sobre el poder de la mirada, como un comentario sobre el voyeurismo, como una reflexión mística sobre la luz y el conocimiento, o simplemente como un ejercicio experimental donde guion y dibujo exploran los límites de la narración en cómic. Esa apertura es parte de su encanto: Los Ojos del Gato no busca dar respuestas, sino provocar preguntas.
Edición de lujo para una obra de culto
La nueva edición de Norma Editorial apuesta por el gran formato y los cantos tintados para subrayar el carácter de pieza de colección. El tamaño 27,4 x 36,5 permite apreciar el trazo de Moebius en toda su sutileza, desde las líneas finísimas de la arquitectura hasta los matices en el plumaje del águila o la anatomía del gato. El blanco y negro, limpio y rotundo, refuerza el tono intemporal de la historia y la convierte casi en un objeto de arte gráfico más que en un simple álbum de lectura rápida.
Como punto de entrada al universo compartido de Jodorowsky y Moebius, Los Ojos del Gato es perfecto. Como obra en sí misma, es un cómic imprescindible para cualquier lector que quiera entender por qué estos dos nombres se consideran fundamentales en la historia del medio. Es breve, sí. Pero su eco se queda mucho tiempo después de cerrar el libro.
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