Hay mangas que avanzan por grandes giros argumentales y otros que lo hacen por pequeños pasos emocionales. La luna en una noche de lluvia pertenece claramente a este segundo grupo, y el volumen 7, publicado recientemente en España por Distrito Manga, es una prueba de hasta qué punto una historia puede ser devastadora sin recurrir al drama explícito. Este tomo no grita, no acelera, no rompe nada de golpe. Simplemente coloca a sus personajes frente a la vida… y espera.
Tras la intensidad emocional del volumen anterior, donde Saki y Kanon comenzaron a enfrentarse a sentimientos que ya no podían seguir fingiendo que no existían, este nuevo tomo plantea una pregunta mucho más compleja: ¿qué significa realmente formar parte del mundo cuando el mundo no está hecho para ti?
Rinne y el peso silencioso de la renuncia
El volumen 7 arranca desviando el foco hacia Rinne, la hermana de Kanon, en uno de los movimientos narrativos más acertados de la serie. Desde que Kanon perdió la audición, Rinne ha ido renunciando silenciosamente a partes de sí misma. No por obligación directa, sino por amor, por cuidado, por una culpa que nunca verbaliza. Ha dejado de hacer cosas que disfrutaba, ha reducido su mundo para no incomodar al de su hermana.
La llegada de Chiyama, una chica con su propio complejo —la vergüenza por sudar en exceso—, funciona como espejo emocional. A través de esta nueva amistad, Rinne empieza a recordar algo esencial: cuidar a alguien no debería implicar desaparecer. La conversación sobre los musicales, sobre los sueños abandonados, es uno de los momentos más delicados del tomo. No hay reproches, no hay grandes declaraciones, solo una puerta que vuelve a abrirse.
Kuzushiro vuelve a demostrar aquí su enorme sensibilidad para hablar de discapacidad sin convertirla en discurso. Todo está contado desde la cotidianidad, desde lo que no se dice.
El festival cultural como prueba vital
El eje central del tomo es el festival cultural, un escenario clásico del manga escolar que aquí se transforma en algo completamente distinto. Para Kanon, no es solo un evento social: es una prueba de supervivencia emocional. No quiere limitarse a “estar”, quiere demostrar(se) que puede convivir con los demás, que puede trabajar, comunicarse, equivocarse y seguir adelante.
El detalle del menú señalable para el maid café es un ejemplo perfecto de cómo la serie maneja la inclusión: no como heroicidad, sino como adaptación colectiva. Sin embargo, el volumen también se atreve a mostrar algo incómodo y muy humano: el orgullo. Kanon decide no llevar el distintivo que indica su dificultad auditiva. No quiere ayudas visibles. Quiere ser “normal”.
Y fracasa.
La escena en la que no logra explicar el menú a un cliente y termina desbordada es uno de los momentos más duros del tomo precisamente porque es muy real. No hay villanos, no hay burlas, no hay crueldad externa. Solo el choque entre el deseo de autonomía y los límites del propio cuerpo. Saki aparece para ayudar, pero el daño ya está hecho… por dentro.
El reencuentro que no se estropea
Tras retirarse a un lugar tranquilo para recomponerse, Kanon se encuentra con Ayano, su antigua mejor amiga. Kuzushiro maneja esta escena con una elegancia admirable. No hay reproches forzados ni reconciliaciones grandilocuentes. Hay memoria, hay afecto, hay heridas que no necesitan abrirse del todo para ser reconocidas.
Es uno de esos momentos que el manga romántico raramente se permite: una conversación que no gira alrededor del romance, pero que es fundamental para que el romance tenga sentido. Kanon no puede avanzar con Saki sin reconciliarse antes con partes de su pasado.
El coro y el miedo compartido
El clímax emocional llega con el concurso de coros, el mayor desafío para Kanon. El miedo es absoluto: ruido, descontrol, exposición total. Pero aquí ocurre algo precioso. En lugar de centrarse en la superación individual, el manga apuesta por la experiencia compartida. Kanon no “vence” su miedo sola; lo atraviesa acompañada.
Saki, la clase, el momento… todo se alinea para mostrar que pertenecer no significa dejar de ser quien eres, sino encontrar espacios donde puedas existir sin pedir perdón.
Las lágrimas que provoca esta escena no vienen del drama, sino del alivio.
Un cierre que mira hacia adelante
El volumen se despide con un gesto simple y cargado de significado: Saki tiende la mano y dice “vamos”. Y Kanon, por primera vez, no piensa solo en sí misma. Piensa en conocer más a Saki. En avanzar juntas. En compartir.
No hay confesiones explícitas, pero el movimiento emocional es clarísimo. La relación ya no se basa solo en el cuidado unilateral, sino en el deseo mutuo de caminar al mismo ritmo.
Arte y sensibilidad: Kuzushiro en estado puro
Visualmente, Kuzushiro sigue demostrando un dominio absoluto del lenguaje emocional. Miradas, silencios, manos que dudan antes de tocarse. El trazo es suave, limpio, profundamente expresivo. Cada página respira.
No hay necesidad de exagerar nada porque el impacto está en los detalles.
Conclusión: crecer también da miedo
La luna en una noche de lluvia vol. 7 es un tomo sobre atreverse a vivir, incluso cuando vivir asusta. Habla de discapacidad, sí, pero sobre todo habla de identidad, de orgullo, de culpa y de amor cotidiano. Es una obra que no busca resolver conflictos, sino acompañarlos.
Un volumen profundamente humano, honesto y necesario, que consolida la serie como una de las propuestas emocionales más importantes del manga yuri romántico actual publicado en España.

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