En 2006, el secuestro de Catherine Ducane, hija del gobernador de Louisiana, pone en marcha una investigación que abarca cinco décadas de historia criminal. El agente especial Ray Hartmann tira del hilo desde un extremo. Ernesto Pérez, un sicario retirado con cuentas pendientes, lo sostiene desde el otro. Entre ellos, una historia laberíntica que serpentea entre Cuba y Estados Unidos desde los años cincuenta hasta el presente. Vendetta llega a España el 15 de mayo de 2026 editada por Norma Editorial, con guion de Fabrice Colin y arte de Bartolomé Seguí, en un volumen de 128 páginas a todo color en cartoné de 23,5 x 31 cm, al precio de 32 euros.
La obra adapta la novela A Quiet Vendetta del escritor británico R.J. Ellory, uno de los nombres más respetados del thriller anglosajón contemporáneo, conocido por novelas como A Quiet Belief in Angels y The Anniversary Man. El trabajo de adaptación corre a cargo de Fabrice Colin en guion y Bartolomé Seguí en el dibujo, y el resultado es el primer volumen de una serie de dos.La novela gráfica funciona con una estructura en dos tiempos. Hartmann interroga a Pérez, y Pérez habla. Lo que cuenta va construyendo una historia que recorre la Cuba de Batista y Castro, los años de la mafia en Miami y Nueva Orleans, y las redes de corrupción que conectan el crimen organizado con la política americana. Ellory es muy bueno construyendo ese tipo de geografía moral donde nadie tiene las manos completamente limpias, y la adaptación de Colin respeta esa ambigüedad sin simplificarla para el formato gráfico.
Pérez no es un villano al uso. Es un hombre que eligió un camino, que lo recorrió con una lógica propia, y que ahora cuenta su historia sin pedir perdón pero sin regodearse tampoco. Esa distancia emocional es lo que hace al personaje interesante. Colin construye la voz de Pérez con un tono que equilibra la frialdad operacional del sicario profesional con pequeños destellos de lo que quizá fue antes de que el trabajo lo redujera a una función. El lector no empatiza con Pérez, pero sí lo entiende, que es algo más difícil de conseguir.
Hartmann, por su parte, es el observador del relato. Su función narrativa es la del oyente que el lector necesita: alguien que hace las preguntas que el lector haría y que reacciona de una manera recognoscible. Pero Ellory no lo deja en ese papel plano: la investigación del secuestro tiene sus propias presiones, y la relación entre Hartmann y Pérez desarrolla una tensión que va más allá del interrogatorio.
Bartolomé Seguí construye una paleta cromática que cambia según la época y el lugar. Los flashbacks en Cuba tienen una luz diferente a los interiores de oficinas federales americanas. Los años cincuenta y sesenta tienen una temperatura visual más cálida y saturada; el presente de la investigación está tratado con colores más fríos y contenidos. No es un recurso nuevo, pero está bien ejecutado y ayuda al lector a orientarse en una estructura temporal que salta con frecuencia.Los ambientes caribeños, los bares de Nueva Orleans y los despachos gubernamentales tienen texturas distintas, y Seguí los diferencia con un trazo que debe tanto al noir europeo como al cómic de autor franco-belga. Hay páginas donde la composición es casi cinematográfica, con planos que privilegian el ambiente sobre la acción inmediata. Para un thriller que funciona principalmente a través del diálogo y la acumulación de información, ese tipo de respiración visual es necesario.
El formato grande —cartoné de 23,5 x 31 cm— favorece el trabajo de Seguí. Sus páginas necesitan espacio para que la densidad visual funcione, y la edición de Norma Editorial lo respeta.
Este es el primero de dos volúmenes, y como tal funciona como construcción de mundo y personajes más que como historia cerrada. El final del volumen deja el relato en un punto de inflexión que justifica la espera del segundo tomo. No hay un cliffhanger artificial: hay una revelación que cambia el marco de todo lo que se ha contado antes. Quien haya leído la novela de Ellory sabrá hacia dónde va. Quien no la conozca llegará a ese punto con una sorpresa bien preparada.Norma Editorial ha apostado por este tipo de material europeo de género con criterio. La colección de adaptaciones de thriller anglosajón tiene un precedente en el catálogo de la editorial, y Vendetta encaja en esa línea: una obra dirigida a lectores adultos que disfrutan del cómic europeo de autor pero que también aprecian una historia bien construida sobre crimen, corrupción y el peso de las elecciones
Quien busque una novela gráfica de género sólida, con ambición narrativa y una historia que va más allá del simple thriller de acción, tiene aquí una opción a tener muy en cuenta. El segundo volumen dirá si el conjunto mantiene el nivel, pero el primero hace bien lo que tiene que hacer: presenta a personajes con peso real, un mundo con densidad histórica, y deja al lector con ganas de saber cómo termina.
La adaptación de novelas de thriller al cómic europeo tiene una tradición larga pero resultados irregulares. El problema habitual es que la densidad psicológica del texto literario se pierde cuando hay que comprimir en páginas lo que en una novela respira durante capítulos. Colin y Seguí evitan ese problema con una elección estructural inteligente: el relato no intenta reproducir la novela de Ellory en formato condensado. Lo que hace es extraer su esqueleto narrativo y construir sobre él algo que funciona con las herramientas propias del cómic. El resultado tiene peso propio.
R.J. Ellory es un escritor británico que lleva desde los dos mil construyendo un corpus de thriller psicológico que tiene más en común con la novela negra europea que con el procedural americano. Sus protagonistas son personas marcadas por decisiones pasadas, sus historias abarcan décadas, y su interés está en el coste humano del crimen más que en el mecanismo de resolución del caso. A Quiet Vendetta, la novela original, funciona como monólogo de un hombre que mira atrás. El cómic traslada esa perspectiva con fidelidad, y el bloque de interrogatorio que estructura la obra encaja perfectamente con el lenguaje del plano y contraplano.







