Review de Historias cortas de Ai Yazawa nº 01 — Kaze ni nare!: los orígenes de una autora imprescindible.
Ai Yazawa empezó publicando oneshots en la revista Ribon de Shueisha en los años ochenta. Son obras de escuela, manga shojo de amor adolescente hecho con las convenciones del género y el trazo de alguien que todavía está encontrando su voz. Planeta Cómic las publica ahora en España el 17 de junio de 2026, bajo el título Historias cortas de Ai Yazawa nº 01 (Kaze ni nare!). Para cualquiera que conozca a la autora por Nana, Paradise Kiss o Historias de un vecindario, este volumen es un documento de primer orden: el lugar donde empezó todo.
Kaze ni nare! (que podría traducirse como "¡Conviértete en viento!") es el título de la historia que da nombre al recopilatorio. La protagonista, Yuki, entra al club de tenis de su instituto y entre reveses y partidos se cruza con el amor adolescente. La trama no es lo que importa: lo que importa es ver cómo Yazawa construye una escena, cómo compone una página, qué elementos del shojo de su época asume y cuáles ya empieza a tratar de una manera propia.
Ai Yazawa debutó como mangaka en 1985 con Ano Natsu, publicado en el número especial de primavera de Ribon. Tenía 15 años. Durante los años siguientes publicó en esa misma revista una serie de historias cortas: 15-nenme, Love Letter, Kaze ni nare!, Escape, Ballad Made Soba ni Ite. Son obras que no están en el imaginario colectivo de los lectores europeos porque nunca habían tenido edición española. Hasta ahora.
Planeta Cómic ha construido en los últimos años un catálogo Yazawa muy completo: las reediciones de No soy un ángel, la nueva edición de Historias de un vecindario y la edición kanzenban de Nana en siete grandes tomos. Faltaba la pieza que cerraba ese rompecabezas: las obras más tempranas, las que explican de dónde viene la sensibilidad de una autora que con el tiempo se convertiría en uno de los referentes del shojo y josei más maduro.
El Yazawa de estos primeros oneshots es reconocible pero distinto. El trazo es más redondeado, menos estilizado que el de sus obras maduras. Los ojos son más grandes, la composición más convencional, los tropos del shojo de los años ochenta están más presentes. Pero hay elementos que ya aparecen con claridad.El primero es la atención a la moda. Incluso en una historia de tenis de instituto, los personajes de Yazawa visten de una manera que los caracteriza. La ropa no es fondo: es parte del lenguaje del personaje. Eso es algo que Yazawa llevaría hasta sus límites en Paradise Kiss y Historias de un vecindario, pero ya está aquí, en embrión.
El segundo es la forma de tratar los estados emocionales que no se verbalizan. Yazawa siempre ha sido mejor que la media del género en comunicar lo que un personaje siente sin que lo diga. Un plano de fondo, una expresión contenida, el espacio entre dos figuras: en estos primeros trabajos esa habilidad ya asoma, aunque todavía no tiene la precisión que tendría en sus obras maduras.
Hay dos tipos de lector al que le interesa este volumen. El primero es el fan de Yazawa que quiere entender la trayectoria completa: cómo alguien que empezaba como una más entre las mangakas de shojo de Ribon se fue convirtiendo en una voz propia capaz de escribir Nana, una historia que tiene más que ver con el josei adulto que con el shojo de instituto.
El segundo es el lector que estudia la historia del manga shojo: estas obras son documentos de una época, de un modo de hacer cómic romántico para chicas jóvenes que existía antes de que los noventa y los dos mil transformasen el género. Son imperfectas en algunos momentos, son convencionales en otros, pero son genuinas. Yazawa nunca fue una autora que fingiese emociones que no tenía.
La edición de Planeta Cómic sale en rústica sin solapas con sobrecubierta, el formato estándar de manga en el catálogo de la editorial, con el arte en blanco y negro del original japonés.
No es la mejor obra de Ai Yazawa. Ella misma sería la primera en decirlo. Pero tiene el valor de todas las obras de inicio: es donde una autora empieza a descubrir lo que puede hacer. Y en el caso de Yazawa, ese proceso de descubrimiento es fascinante de seguir, porque el destino final ya lo conocemos. Para los fans de la autora, imprescindible. Para los lectores curiosos sobre la historia del shojo japonés, una lectura reveladora.Hay un detalle que suele pasarse por alto cuando se habla de los primeros trabajos de Yazawa: no eran experimentos fallidos ni piezas de transición sin valor propio. Eran historias completas que funcionaban dentro de los parámetros del shojo de los años ochenta. El problema, si es que lo hay, es que los parámetros del shojo de los años ochenta son muy distintos a los de sus obras maduras. Los ojos grandes, el ritmo pausado, los conflictos que se resuelven en el mismo tomo: todo eso está presente. Pero leer estos primeros trabajos sabiendo lo que vendrá después es una experiencia extraña, como escuchar una demo de un músico antes de que encontrara su sonido definitivo. Las notas ya están ahí.
La revista Ribon de Shueisha, donde Yazawa publicó estos oneshots, era la publicación shojo de referencia para el público adolescente japonés de los años ochenta. Títulos como Chibi Maruko-chan y Sailor Moon pasaron por sus páginas. Es un contexto editorial que pide cierto tipo de historia y cierto tipo de dibujo, y Yazawa lo cumplió con solvencia. Lo que no podía saberse entonces es que con el tiempo rompería con ese molde para construir algo propio. Este volumen es el punto cero de ese proceso.







