Entrevista a Jaime Martín por Sangre de barrio, el clásico del cómic que vuelve en integral por Norma Editorial
Entrevista a Jaime Martín por Sangre de barrio: “Durante años tuve una relación de amor-odio con el libro”
Casi cuatro décadas después de su nacimiento, Sangre de barrio vuelve a las librerías en una nueva edición integral publicada por Norma Editorial. La obra que consolidó a Jaime Martín como una de las voces más personales del cómic español regresa en cartoné, en blanco y negro, con nuevo prólogo de Jaume Vidal, una lámina de regalo y un texto final del propio autor donde revisa el proceso creativo de una historia marcada por la adolescencia, la violencia cotidiana, la periferia y una época difícil de suavizar.
Publicado originalmente en El Víbora, Sangre de barrio se ha convertido con el paso del tiempo en una de esas obras que funcionan tanto como relato generacional como retrato incómodo de una realidad muy concreta: la de ciertos barrios obreros de los años ochenta, atravesados por la falta de expectativas, la marginalidad y una rabia que muchas veces encontraba salida en la violencia, el exceso o la pura supervivencia.
Con motivo de esta nueva edición integral de Sangre de barrio, hablamos con Jaime Martín en las oficinas de Norma Editorial sobre su relación actual con la obra, el peso que tuvo en su carrera, el papel de El Víbora como escuela profesional, la vigencia del libro en 2026 y la manera en que el autor ha aprendido a mirar con distancia a aquel Jaime Martín de poco más de veinte años que empezó a dibujar una historia que nunca ha dejado de acompañarle.
Han pasado casi 40 años desde que empezaste con Sangre de barrio. ¿Qué se siente al abrir hoy este álbum con la mirada de alguien que ya lleva décadas de carrera?
Es una situación extraña. Primero, porque al hacer cuentas eres consciente de la cantidad de tiempo que ha transcurrido, aunque no parece que haya sido tanto. Y después, porque tengo la sensación de que este libro nunca ha dejado de acompañarme. Esa famosa “sombra alargada” se parece bastante a lo que me ha pasado con Sangre de barrio; siempre ha estado ahí, de una forma u otra.
Durante un tiempo tuve una relación de amor-odio con el libro, porque parecía que yo no había hecho otra cosa que Sangre de barrio. No diría que me condicionara hasta el punto de marcar mis decisiones, pero sí existía esa sensación de: “has hecho esto y no lo vas a superar”. O, al menos, parecía que no se prestaba la misma atención a mis otros trabajos porque estaban bajo la sombra de Sangre de barrio.
Pero eso ya pasó. Me reconcilié con el libro hace mucho tiempo, sobre todo a partir de los trabajos que empecé a realizar en 2007. Sangre de barrio se enmarca en lo que considero mi primera etapa profesional, etapa de un largo aprendizaje, que abarca desde mis inicios, aproximadamente en 1986, hasta el año 2000.
Ahora, lo que más valoro es toda la base lectora que me aportó, muchas de esas personas aún siguen mis trabajos y eso es algo que cuesta mucho conseguir y mantener.
En el texto final de esta nueva edición hablas de “sentimientos encontrados” al revisitar tus obras de juventud. ¿Qué te sigue gustando de aquel Jaime Martín de veintipocos años y qué te produce más sonrojo hoy?
Lo que más sonrojo me produce es lo más evidente. Cuando hice Sangre de barrio tenía 22 años y trabajaba para El Víbora, con todo lo que eso representaba. Por simplificarlo mucho: era una revista de sexo, droga y rock and roll. Yo pensaba que había que ser más bestia que nadie y que cualquier cosa relacionada con la violencia o las drogas había que narrarla de forma explícita.
Me da bastante apuro la parte formal. No tanto el contenido, porque creo que, aunque hay muchos diálogos sexistas u homófobos, formaban parte de la cotidianidad de esos años. Los adolescentes imitaban patrones de los adultos que habían vivido una época en la que eso era lo normal. En cuanto a la parte gráfica, hoy no sería tan explícito; intentaría narrarlo de una manera más elegante, sin necesidad de mostrar de forma tan directa algo que ya se sobreentiende.
Básicamente es eso. No hay demasiadas cosas que me gustaría arreglar, es más una cuestión estética y narrativa. Hoy me siento más cómodo hablando de este libro con gente que conoce el mundo del cómic, porque sé que va a ponerlo en contexto. En cambio, alguien recién llegado, muy joven, o un medio generalista, puede pensar que es una atrocidad y preguntarse de dónde sale esto. Pero, en cierto modo, esa «atrocidad» también forma parte de la gracia del libro; si le quitas eso, pierde buena parte de su espíritu.
Aun así, muchas de esas escenas parten de cosas reales o escuchadas en tu entorno.
Sí. Hay cosas que pueden parecer muy locas, pero cuando escribí Sangre de barrio me basé en relatos de mis amigos o en experiencias propias y de terceros. Por ejemplo, hay una escena en la que unos alumnos de formación profesional prenden fuego a la clase, el profesor está en un rincón llorando, muerto de miedo, y los chavales tiran muebles por la ventana. Eso lo vivió uno de mis colegas.
Cuando les dije a mis amigos que quería hacer una historia sobre el barrio y sobre todas esas movidas que les había escuchado contar, empezaron a detallármelas. Al final, el libro no deja de ser una recopilación de esas anécdotas, ordenadas para crear una especie de fresco sobre cómo era la vida de unos adolescentes en esa ciudad a mediados de los ochenta.
Ahí está el porqué de ese salvajismo. Pasaban cosas muy bestias. Recuerdo que, con unos doce años, apareció un coche con dos delincuentes en mi colegio. Uno de ellos había estudiado allí y tenía alguna cuenta pendiente; bajó del coche con una garrafa, prendió fuego al despacho de la directora y se fueron corriendo. Eso era lo que yo intentaba reflejar: el clima de un grupo de chavales que viven en una ciudad dura, con pocas expectativas de mejorar a medio o largo plazo, con ese sentimiento de abandono y de que no van a salir de ese pozo, así que más vale acostumbrarse a vivir en ese medio.
Norma ya publicó un integral en 2012. ¿Qué diferencia encuentras entre aquella edición y esta de 2026?
De entrada, el tamaño. Este es casi coincidente con la publicación original de La Cúpula. Por otro lado, está la portada; he querido que sea un homenaje a la original, recuperando el edificio de la Vanguard. Era una fábrica de televisores y radios que ahora vuelve a estar de actualidad porque la están derribando. Creo que conservarán una pequeña parte de la fachada por ser histórica, aunque no sé qué harán después: ¿un hotel, apartamentos?
Yo quería hacer una versión más fiel a lo que fue la primera edición de Sangre de barrio. Hasta ahora, las reediciones realizadas, contaban con portadas alternativas, lo cual está muy bien, pero esta reedición está pensada para la gente que aún conserva la grapa original —que curiosamente es mucha—, esa que se cae a trozos y el papel ha adoptado un color ocre. Quería que existiera algo con lo que yo me sintiera plenamente identificado.
Además está la lámina, de la que estoy muy contento. La he situado en un descampado que hay al final de mi calle. Ese espacio podría pasar por el típico descampado destartalado de mediados de los ochenta, porque aunque Hospitalet ha cambiado mucho todavía tiene rincones que siguen anclados en el pasado.
También está el nuevo prólogo de Jaume Vidal, que me hace especial ilusión. Aunque lo conocemos como periodista especializado en cómic, él trabajó en el instituto que aparece retratado en el libro, donde los chavales cometían todo tipo de tropelías.
Jaume me contó que, al año de salir el libro, en una reunión de profesores se plantearon denunciarme por cómo retrataba aquellos actos vandálicos. Parece ser que el conserje les dijo: “¿Pero qué decís? Si esto es el pan de cada día”. Jaume también me confirmaba que los lunes, antes de empezar las clases, la persona encargada de la limpieza barría jeringuillas por el patio del colegio y los alrededores. Ese era el ambiente.
Por último, he escrito un texto donde contextualizo cada una de las tres partes y hablo del proceso de trabajo: las dos primeras, más manuales (con papel y pincel), y la tercera, donde aparecen los inicios de la informática.
¿Cuánto hay de ti en Vicen?
Yo creo que nada. Lo que pasa es que dibujo a un melenudo con chupa de cuero y quizás los dibujantes tenemos tendencia a crear personajes parecidos a nosotros, porque resulta más fácil. Pero definitivamente, yo no soy Vicen.
Si tuviera que buscar similitudes, no solo con Vicen, sino con el grupo de amigos, diría que hay algo en ese adolescente que yo también fui: alguien que no tenía vocación de delincuente, ni tampoco la gente con la que se juntaba, pero que vivía en un lugar y en una época donde era muy fácil traspasar esa frontera.
Tengo amigos con los que aún hoy mantengo relación porque seguimos viviendo en el mismo barrio, y alguno de ellos, si un día estaba rebotado con la vida y necesitaba un poco de adrenalina, si veía una moto sin candado se la llevaba para dar una vuelta y luego la dejaba por allí cerca.
Siempre había alguno que hacía una pequeña escapada hacia ese mundo más cercano a la delincuencia. Ahí sí me reconozco, en ese ambiente, aunque yo no solía sobrepasar esos límites porque no formaba parte de mi carácter. Y, por ejemplo, cuando estaba con chavales en el parque y pasaba una chica, no era de los que les silbaban y decían cualquier cosa. Mi madre era una militante feminista que se había ocupado mucho de educarnos a mis hermanos y a mí en ese sentido.
El libro funciona como una crónica social. ¿Consideras Sangre de barrio casi un documental?
Diría que no. Yo intentaba retratar una parte del ambiente que había visto o escuchado. Eso no quiere decir que sea un documentalista ni que mi intención fuera ofrecer una visión objetiva de todo L’Hospitalet. Mi idea era hablar de las barrabasadas de aquellos grupos de adolescentes y poco más.
Hay mucha subjetividad, claro, porque no es un trabajo periodístico, es un cómic. Es una historia en la que buscaba un cierto ritmo y una sucesión de hechos que ayudasen a crear una ambientación determinada. Deberíamos quedarnos con lo que es: un relato que habla de un lugar y de una época vistos a través de unos jóvenes.
Muchas cosas son anécdotas oídas o vividas, otras proceden de noticias de prensa. Al final poco importa porque cuando uno escribe, va recopilando y ordenando la información para dotar de contenido el proyecto y que funcione como narración.
Publicar en El Víbora era entrar en una cabecera fundamental del cómic adulto español. ¿Qué aprendiste allí?
Fue mi periodo de aprendizaje. Descubrí la revista en el instituto, tenía 14 o 15 años, y decidí que, si quería ser dibujante, tenía que publicar allí sí o sí porque me pareció la mejor publicación que había visto nunca.
Cuando conseguí entrar, después de la alegría inicial y de ese estado de felicidad y euforia, había que ponerse manos a la obra. Yo hacía todas las historias que podía, lo mejor que podía, pero empecé a publicar muy joven y fui aprendiendo a hostias, a salto de mata, mediante prueba y error. Hacía cosas, las veía publicadas, miraba si estaban bien dibujadas, si el guion había quedado bien, escuchaba lo que me decían y trataba de ir mejorando.
Quizá eché en falta más tiempo para aprender dibujo desde una base más sólida. Empecé tan pronto que no tuve ocasión de practicar anatomía, perspectiva o escritura de una forma más ordenada. Así que toda mi época en la revista fue un aprendizaje continuo. Lo valoro mucho, porque ahora hago lo que hago gracias a todo aquel tiempo y a la gente que me rodeó. Lo contemplo como una escuela gratuita, o más bien una escuela donde aprendí mucho y, además, me pagaban.
Y no solo aprendí a dibujar y escribir. Aunque la gente de El Víbora tuviera fama de ser una banda de hippies, era la editorial de cómics más avanzada del momento. Fueron los primeros en aplicar la informática en una editorial de cómics. Jaume Fargas, que trabajaba en el archivo, me ofreció darme clases por las noches cuando la editorial cerraba. Me enseñó a manejar Photoshop, QuarkXPress o Freehand; me explicó los conceptos básicos de todo aquello, como la diferencia entre un dibujo en mapa de bits o uno vectorial, que al principio me sonaba muy marciano y me costó mucho, pero una vez asimilado se me abrió un mundo.
Después, Berenguer me ayudó a financiar mi primer ordenador profesional. En aquella época costaba cerca de un millón de pesetas. Yo tenía muy poco ahorrado y me acababa de casar en 1992, así que Berenguer me adelantó el dinero. “Ya me lo devolverás”, me dijo. Luego me fue consiguiendo trabajos de colorista y con eso fui liquidando la deuda.
Sangre de barrio se dibujó en tres partes muy separadas en el tiempo. ¿Cómo fue volver a la misma obra tantos años después?
Al principio no hubo vocación de serie. Hice la primera parte y ahí quedó. Luego, un día me contaron la historia de una persona muy cercana que había convivido con un tipo despreciable. Pensé: “Aquí hay una historia”. En lugar de hacer algo independiente, decidí conectarla con Sangre de barrio y convertirla en una segunda parte.
Con la tercera ocurrió algo parecido. Conocí a alguien que se dedicaba a ciertas actividades que no viene al caso explicar. Cuando recopilé esa información de primera mano, pensé que estaría bien hacer algo con ella, pero no podía mostrarla tal cual para no meterme en problemas. Así que decidí darle la vuelta y modificarlo todo para que nadie fuera reconocible.
Además, tenía mucha información sobre sectas que rescataban a gente del mundo de la heroína, de un proyecto que nunca llegué a desarrollar. Acabé añadiendo todo eso y salió una mezcla un poco forzada, no como historia independiente, sino forzada por intentar encajarla como tercera parte de Sangre de barrio.
Así ha ido surgiendo la obra: siempre trabajo con material cercano, ya sea de la familia, amigos o historias de terceros. Es una manera de trabajar que me hace sentir más integrado en el proyecto. Al final voy a estar dos años y medio o tres años trabajando en una obra, y cuando siento ese interés y esa relación con los hechos que voy a tratar, me resulta mucho más fácil. Incluso cuando hago ficción, como en Un oscuro manto, siempre intento poner algo que conecte conmigo: un trasfondo sociopolítico, histórico, temas que me interesen. Me gustan las historias oscuras y el terror, pero también me gusta la historia. Si consigo llevar una ficción a mi campo y darle un trasfondo que toque con los pies en la tierra, donde se hable de temas sociales, entonces me apunto.
Para cerrar con algo más desenfadado: si tuvieras que elegir dos canciones como banda sonora de Sangre de barrio, ¿cuáles serían?
No recuerdo todas las canciones que salen, pero una podría ser Cuidado con el perro, de Barricada. La Polla Records también es como la Biblia para mí, aunque ahora no sabría decir una canción concreta. En la página 44 hay una canción de Burning, Hey nena, que es posiblemente la más significativa del ambiente que quería retratar. La letra es muy descriptiva de ese mundo y de ese tono que buscaba en Sangre de barrio.
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