Reseña de Sanda Vol. 8 y 9: Resurrección de mitos y el colapso de la infancia

 Paru Itagaki ha dinamitado las convenciones del shonen moderno con una propuesta que bascula entre el surrealismo social y el horror biológico, consolidando en Sanda Vol. 8 y Sanda Vol. 9 la expansión definitiva de su asfixiante universo. En estas entregas publicadas por Editorial Ivrea, la autora de Beastars abandona los muros del instituto para lanzarnos a un Japón distópico donde la Navidad no es un cuento, sino una mutación genética necesaria para la supervivencia de una especie humana en vías de extinción.

tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.

tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.
El paso del ecuador de la serie marca un punto de inflexión narrativo fundamental: el salto al exterior. Si hasta ahora el conflicto de Sanda se cocía a fuego lento en el microclima del internado, los tomos 8 y 9 rompen el cascarón para mostrarnos las cicatrices de un mundo devastado por la denatalidad. Itagaki utiliza la excusa de una excursión escolar —que pronto deriva en una incursión de supervivencia digna de un escenario post-apocalíptico— para presentarnos la Estación de Tokio y el antiguo Banco de Japón no como monumentos, sino como zonas de guerra. 

Aquí, el sentido de lectura oriental nos guía por una progresión de viñetas donde el caos urbano se mezcla con la mitología moderna. La entrada en escena de bandas criminales que trafican con el bien más escaso del planeta, los niños, eleva el tono de la obra hacia una crítica social mordaz sobre la instrumentalización de la juventud.

En el Volumen 8, el eje central es la consolidación del equipo y el despertar de los instintos primarios. La relación entre Sanda y Ooshibu (el reno) deja de ser una mera conveniencia argumental para convertirse en una exploración sobre la herencia y el deber. Paru Itagaki maneja con maestría la ambigüedad moral de sus personajes; Ooshibu no es un aliado heroico al uso, sino un adulto cuyas fijaciones por proteger a la infancia rozan lo patológico, un reflejo de esa sociedad envejecida que se aferra con uñas y dientes a un pasado que ya no les pertenece. 

El dibujo en este tomo se vuelve especialmente agresivo; el entintado de Itagaki, siempre sucio y vibrante, enfatiza la metamorfosis física de Sanda, cuya transformación en un Santa Claus rejuvenecido y andrógino subvierte cualquier imagen icónica que tengamos del personaje.

tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.

La narrativa alcanza su punto álgido en el Volumen 9 con la introducción de los "descendientes" de otras festividades, rompiendo la exclusividad del mito navideño. La aparición de Nihei Rantan, descendiente de Jack-o'-Lantern, funciona como el contrapunto perfecto al calor de Santa Claus. La linterna de Rantan, capaz de ver a través de los cuerpos, no es solo un recurso visual impactante, sino una metáfora de la vigilancia y la pérdida de la intimidad en este nuevo orden mundial. La batalla en el Banco de Japón entre Santa y la Calabaza de Halloween es un ejercicio de estilo donde las tramas y el uso de los negros profundos crean una atmósfera de serie B de lujo. Es aquí donde vemos la evolución técnica de la autora: su capacidad para coreografiar combates que no dependen tanto del intercambio de golpes físicos, sino del choque de conceptos abstractos y deformidades anatómicas.

El análisis temático de estas entregas es profundo. Sanda no es solo un manga de peleas; es un tratado sobre la pubertad forzada. Mientras los niños intentan ser adultos para sobrevivir, los adultos como Yanagiuda o el director de la academia se comportan con una inmadurez aterradora, atrapados en sus traumas y deseos. La Editorial Ivrea respeta escrupulosamente el formato tankobon original, permitiendo que la narrativa visual de Itagaki —llena de composiciones de viñetas que rompen los márgenes y juegan con la perspectiva— respire con la intensidad necesaria. Es fascinante observar cómo el trazo de la autora ha ganado en seguridad desde sus primeros capítulos, logrando que lo grotesco (como la escena de las palomas) se sienta orgánico y necesario para el desarrollo de la trama.

tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.

tomos 8 y 9 de Sanda por Paru Itagaki, Editorial Ivrea.
Para el lector español, Sanda representa una rareza necesaria en el catálogo actual de Shonen. Se aleja de los tropos de superación personal para abrazar una incomodidad existencial. La relación entre Fuyumura y Sanda, marcada por el sueño y la dependencia, añade una capa de drama humano que suaviza —o a veces potencia— la violencia de los enfrentamientos. 

Al final del noveno tomo, queda claro que el conflicto ya no es solo generacional, sino metafísico: ¿qué lugar ocupan los mitos en un mundo que ha olvidado cómo crear vida? El ritmo es frenético, y aunque la introducción de tantos personajes nuevos podría saturar la obra, la personalidad arrolladora que Itagaki imprime a cada "descendiente" (incluyendo al inquietante Namahage) mantiene al lector en un estado de curiosidad constante.

En conclusión, Sanda Vol. 8 y Sanda Vol. 9 son la confirmación de que estamos ante una de las obras más originales y perturbadoras de la década. No es una lectura cómoda, pero su audacia visual y su valentía conceptual la hacen imprescindible. 

Paru Itagaki ha conseguido que miremos a Santa Claus no como a un anciano bondadoso, sino como a una fuerza de la naturaleza, una mutación necesaria en un futuro donde la esperanza es un recurso tan escaso como la propia juventud. Si buscas un manga que te desafíe, que te incomode y que visualmente te rompa los esquemas, la excursión de Sanda fuera de la escuela es tu próxima parada obligatoria.