Reseña del cómic Blazing Combat de Archie Goodwin, Norma Editorial

 Blazing Combat: el cómic bélico que se atrevió a decir que la guerra es una mentira

En 1965, cuando el discurso oficial todavía hablaba de honor, patria y gloria, un cómic decidió mostrar barro, miedo y muerte inútil. Blazing Combat, recuperado ahora por Norma Editorial en una cuidada edición en cartoné, no es simplemente una antología de relatos bélicos: es una bomba editorial que estalló demasiado pronto. Una obra adelantada a su tiempo, incómoda para el poder y artísticamente deslumbrante.

Hablar de Blazing Combat es hablar de Archie Goodwin, de Jim Warren y de una constelación de dibujantes que hoy forman parte del Olimpo del noveno arte: Joe Orlando, Wally Wood, John Severin, Alex Toth, Russ Heath, Gene Colan, Reed Crandall, Gray Morrow… con portadas firmadas por Frank Frazetta. Un plantel que por sí solo justificaría cualquier reedición. Pero lo que convierte este volumen en imprescindible no es solo el talento reunido, sino la intención con la que fue concebido.

Blazing Combat cómic clásico bélico Archie Goodwin Norma Editorial edición cartoné

Una guerra sin héroes

En pleno contexto de la guerra de Vietnam, Goodwin y Warren decidieron romper con el modelo clásico del cómic bélico estadounidense. Frente al soldado invencible y la épica patriótica, Blazing Combat apostó por el humanismo y la denuncia. Aquí no hay discursos inflamados ni sacrificios glorificados. Hay miedo. Hay errores. Hay soldados que mueren por decisiones absurdas. Hay civiles atrapados entre frentes que no comprenden.

Ese posicionamiento tuvo consecuencias. La revista duró apenas cuatro números. Fue boicoteada por distribuidores y señalada como “antiamericana”. Las fuerzas armadas no querían que sus soldados leyeran historias que cuestionaban la narrativa oficial. El cómic, en lugar de ser propaganda, era espejo. Y el reflejo resultaba incómodo.

El volumen que publica Norma Editorial recopila esos cuatro números íntegros, incluyendo un total de 29 relatos que recorren distintos conflictos del siglo XX —y alguno imaginario— con una coherencia temática admirable.

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Archie Goodwin: el guionista que entendió la guerra

Archie Goodwin no se limitó a escribir historias bélicas: escribió historias humanas en escenarios de guerra. Su aproximación bebe directamente del espíritu de Frontline Combat de Harvey Kurtzman, pero con una sensibilidad propia. Cada relato es una pequeña tragedia autónoma. En apenas seis o siete páginas, Goodwin construye personajes, plantea dilemas morales y deja un poso amargo que permanece mucho después de cerrar el libro.

Una de las piezas más recordadas es “Paisaje”, dibujada por Joe Orlando. La historia de un anciano vietnamita que se aferra a su plantación de arroz mientras los ejércitos devastan su tierra es un ejemplo magistral de parábola antibélica. No hay buenos ni malos absolutos. Solo personas atrapadas en una maquinaria que las supera.

Otros relatos como “Souvenirs”, “Consecuencias” o “Forrajeadores” desmontan la idea de heroísmo. La muerte puede llegar por codicia, por incompetencia o simplemente por azar. Incluso cuando hay destellos de victoria, estos quedan ensombrecidos por el coste humano.

El único relato no escrito por Goodwin es “La batalla de Inglaterra”, con guion y dibujo de Wally Wood, pero incluso ahí la línea editorial se mantiene firme: la guerra no ennoblece, desgasta.

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Un desfile de maestros del dibujo

Si el guion sostiene el discurso, el apartado gráfico lo eleva a categoría de obra maestra. La variedad de estilos no genera irregularidad, sino riqueza. Cada artista aporta su personalidad sin romper la unidad temática.

Alex Toth despliega una narrativa limpia y contundente, con una economía de líneas que potencia la tensión. John Severin ofrece una documentación militar minuciosa que aporta verosimilitud. Russ Heath transmite fisicidad en cada cuerpo agotado. Gene Colan introduce sombras envolventes que casi anticipan su trabajo posterior en el terror.

Y luego están las portadas de Frank Frazetta, que encapsulan la brutalidad y el dramatismo en imágenes icónicas.

El uso del blanco y negro es esencial. Lejos de ser una limitación, se convierte en recurso expresivo. El barro parece más denso, el humo más asfixiante y la noche más opresiva. Las masas de negro, los contrastes violentos y la textura del entintado crean atmósferas que el color quizá habría suavizado.

La edición de Norma respeta esa potencia visual. La reproducción es nítida y permite apreciar matices en las tintas que en otras ediciones podían perderse.

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Una obra adelantada a su tiempo

Leer Blazing Combat hoy es constatar hasta qué punto estaba adelantada a su época. Años antes de que la opinión pública estadounidense se volviera mayoritariamente crítica con Vietnam, este cómic ya cuestionaba la legitimidad moral del conflicto armado como solución política.

No se trata de un alegato panfletario. Es, más bien, una colección de historias donde el humanismo prevalece sobre el nacionalismo. Los enemigos no son monstruos caricaturescos; son personas en el bando opuesto. Esa equidistancia fue precisamente lo que generó rechazo en sectores que exigían adhesiones inquebrantables.

En términos históricos, Blazing Combat ocupa un lugar clave en la evolución del cómic adulto estadounidense. Forma parte de esa transición en la que el medio empezó a explorar temáticas complejas sin depender del Comics Code Authority, gracias al formato magazine en blanco y negro que permitía sortear la censura oficial.

Edición y contenido

Norma Editorial presenta el volumen en cartoné, 224 páginas en blanco y negro con algunas secciones en color, formato 20 x 25 cm. Además de los relatos originales, se incluyen entrevistas históricas a Jim Warren y Archie Goodwin realizadas en los años noventa, aportando contexto editorial y personal sobre la gestación y cancelación de la serie.

Es una edición pensada tanto para lectores interesados en el cómic clásico como para coleccionistas que valoran la relevancia histórica.

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Conclusión: un clásico imprescindible del cómic bélico

Blazing Combat no es un cómic cómodo. No ofrece victorias limpias ni discursos tranquilizadores. Ofrece humanidad en medio del caos. Ofrece arte en estado puro. Y ofrece una lección sobre cómo el cómic puede incomodar al poder.

Para quien busque historias de guerra realistas, para quien admire a los grandes maestros del dibujo clásico estadounidense o para quien quiera entender cómo el noveno arte empezó a emanciparse de la propaganda, este volumen es lectura obligada.

Un clásico recuperado que demuestra que la guerra, cuando se dibuja sin maquillaje, deja cicatrices también en el lector.