Reseña Me pesan los lunes vol. 3: promesas, graduaciones y travesuras en un lunes que pesa todavía más
Con Me pesan los lunes vol. 3, Kiseki Himura y Ediciones Babylon consolidan una de las series ecchi más reconocibles del panorama actual, un manga que ha sabido convertir la rutina en escenario de complicidades, malentendidos y sensualidad cotidiana. Este tercer volumen de “Getsuyoubi no Tawawa” [月曜日のたわわ], editado en España en formato 128 x 182 mm, tapa blanda con sobrecubierta y 128 páginas, mantiene todas las señas de identidad de la obra, pero introduce algo clave: la sensación de que ciertos personajes están llegando a un punto de no retorno en sus relaciones… y en sus vidas.
Si en los dos primeros tomos Me pesan los lunes funcionaba sobre todo como una colección de viñetas costumbristas llenas de fanservice amable y humor corporativo, este volumen 3 añade un matiz más melancólico y emocional, especialmente en todo lo que rodea a la presidenta del consejo estudiantil y a la promesa que la ata a su profesor. El resultado es un tomo que sigue siendo ligero, sexy y divertido, pero donde el paso del tiempo pesa casi tanto como los lunes del título.
Ai, Imouto-chan y el peso heredado… literal y metafórico
El volumen abre con una escena muy representativa del tono de la serie: Ai, su hermana pequeña e Imouto-chan y su madre reciben el año nuevo en casa, comiendo, viendo la tele y hablando —cómo no— de comida, crecimiento y pechos. Imouto-chan tiene un apetito descomunal, pero protesta porque no gana peso “donde ella quiere” y teme quedarse bajita. Ai, con la naturalidad que la caracteriza, le recuerda que ella estaba igual en secundaria… antes de que “todos los nutrientes” se fueran a su pecho.
En un par de páginas, Himura vuelve a demostrar por qué Me pesan los lunes funciona tan bien: el chiste sobre los sujetadores heredados, la amenaza de subastar un viejo sujetador de Ai lleno de “esfuerzo acumulado”, la madre resignada hablando del “destino familiar” de que todo vaya al pecho… son gags claramente ecchi, pero envueltos en una dinámica familiar creíble y cariñosa. El humor nace del cuerpo, sí, pero también del vínculo entre hermanas y de esa mezcla de vergüenza, confianza y competitividad que define su relación.
La llegada del Año Nuevo se transforma enseguida en salida al santuario, donde Ai, Imouto-chan y Volley-bu-chan se convierten en centro de todas las miradas. Las páginas en el santuario, con las chicas comentando los uniformes de miko, bromeando sobre dietas imposibles y recibiendo miradas de medio instituto, resumen a la perfección el equilibrio de la serie: costumbrismo japonés, fanservice frontal y una autoconciencia constante de cómo se perciben los cuerpos femeninos en espacios públicos.
Imouto-chan, que quiere ser más alta pero empieza a asumir que también le “pesarán los lunes” como a su hermana, se convierte aquí en una pieza importante del reparto. Su presencia aporta frescura, genera nuevos gags y, sobre todo, permite que Ai muestre una faceta protectora y más madura de lo habitual.
La presidenta del consejo estudiantil y el profesor: promesas que se acercan a su fecha límite
El otro eje fuerte del tomo está en la presidenta del consejo estudiantil, uno de los personajes que más ha ido ganando matices con el paso de los capítulos. Este volumen la coloca en una situación delicada: vigila de cerca a Ai y a la compañera, consciente de que ambas encajan demasiado bien en el “tipo” de cierto profesor. Lo que al principio parecía solo celos o exceso de celo pasa a revelar un trasfondo mucho más emocional: detrás de su actitud estricta hay una promesa hecha tiempo atrás y el miedo real a que, con la graduación asomando, esa promesa se rompa, o peor, se cumpla de un modo que no estaba preparada para enfrentar.
Aquí Me pesan los lunes vol. 3 aprovecha el formato episódico para construir un hilo continuo: pequeñas escenas en las que la presidenta observa, se pone a la defensiva, intenta mantener la distancia con el profesor y, al mismo tiempo, no puede evitar que las palabras que él le dijo en el pasado resuenen con fuerza en su cabeza. Lo que podría haber sido un simple cliché de “senpai enamorada” se convierte en algo más matizado: una chica que se enfrenta a la inminencia de la graduación, a la posibilidad de dejar atrás un entorno en el que por fin se siente segura y a unos sentimientos que nunca ha gestionado del todo bien.
Himura no renuncia al ecchi aquí: poses sugerentes, uniformes ajustados y escenas calculadas para el fanservice siguen presentes. Pero alrededor de todo eso se percibe un tono algo más nostálgico, casi de despedida anticipada. Es uno de los puntos donde Me pesan los lunes demuestra que, pese a su apariencia ligera, entiende muy bien la mezcla de nervios, ilusión y miedo que acompaña el final de la etapa escolar.
Oficinista y compañera: romance de oficina al borde del desbordamiento
En paralelo, la trama del oficinista y la compañera de trabajo continúa avanzando un paso más en ese territorio donde el romance de oficina, la timidez y el alcohol se combinan con consecuencias cada vez menos controlables. Este volumen muestra a un protagonista que intenta, con todas sus fuerzas, reprimir sus sentimientos para preservar la cordialidad laboral… y fracasa un lunes tras otro.
Cada vez que la compañera bebe un poco de más, la barrera entre lo que se piensa y lo que se dice en voz alta se vuelve peligrosamente fina. Brindis, disculpas al día siguiente, silencios incómodos en el ascensor… son escenas pequeñas, pero construyen una tensión reconocible para cualquier lector que haya vivido una atracción en un entorno profesional. El ecchi aquí se apoya mucho en la ropa ajustada, en los desajustes de la camisa cuando ella se inclina, en el rubor que aparece tras el tercer vaso, pero también en esos momentos en los que uno de los dos se queda mirando al otro un segundo de más.
Lo interesante de este volumen 3 es que la relación deja de ser solo un gag recurrente y empieza a sugerir que algo tendrá que cambiar: o se dicen lo que sienten, o tendrán que fingir que no ha pasado nada. Ese “peso” emocional encaja muy bien con la idea de que los lunes no solo cansan el cuerpo, sino también el corazón.
Humor, sensualidad y rutina: lo que hace que Me pesan los lunes siga funcionando
Visualmente, Kiseki Himura mantiene su apuesta por un trazo limpio, personajes muy expresivos y composiciones que aprovechan al máximo los primeros planos para jugar con miradas, sonrojos y gestos corporales que potencian tanto el humor como la sensualidad. En este tercer tomo se nota especialmente el cuidado en las escenas de grupo: el santuario de Año Nuevo, las aulas con el consejo estudiantil, los bares donde los adultos se dejan llevar… todos esos espacios contribuyen a reforzar la idea de que Me pesan los lunes es, ante todo, un retrato juguetón de la vida cotidiana.
El ecchi sigue siendo protagonista, pero no traga al resto de elementos. Los chistes sobre pechos, sujetadores y uniformes imposibles conviven con momentos sinceros de complicidad, de dudas sobre el futuro y de pequeños gestos que iluminan un día de trabajo o de clases. Es justamente esa mezcla la que hace que este volumen 3 se sienta como una continuación natural de la serie y, al mismo tiempo, como un paso adelante en la evolución emocional de su reparto.
Para lectores que ya disfrutaron de los dos primeros tomos de Me pesan los lunes, este tercero ofrece exactamente lo que esperan: más Ai, más compañera, más presidentas celosas, más lunes que pesan… pero con un leve aroma a despedida en el ambiente escolar y con relaciones adultas cada vez más complicadas.

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