Reseña de Shade the Changing Man: la serie más extraña y olvidada de Vertigo

 Shade the Changing Man: la joya extraña de Vertigo sobre amor, locura e identidad

Hablar de Shade the Changing Man es hablar de uno de esos cómics que se quedaron a medio camino entre el culto y el olvido. No es Sandman, no es Hellblazer, no suele encabezar listas de “imprescindibles de Vertigo”… pero cuando alguien se anima a recorrer sus 70 números publicados en USA entre julio de 1990 y abril de 1996, se encuentra con algo mucho más incómodo y fascinante: una historia de amor tóxica, un viaje por la psique humana y una exploración radical de la identidad disfrazada de cómic sobre la locura.

Shade the Changing Man Vertigo amor locura identidad en el cómic

Un punto de partida incómodo para una historia de amor imposible

Peter Milligan recupera al Shade de Steve Ditko, pero solo como excusa. Aquí Shade the Changing Man es Rac Shade, un “agente de la locura” del planeta Meta que llega a la Tierra y necesita un cuerpo humano. El que encuentra libre es el de Troy Grenzer, un asesino en serie a punto de ser ejecutado. Grenzer ha matado a los padres de Kathy George, una joven que acude a la prisión para presenciar la ejecución y cerrar heridas… justo en el momento en que Shade ocupa el cuerpo del asesino.

Desde ese arranque, la serie deja claro que no va a jugar limpio con el lector. La policía cree que Grenzer ha escapado y ha secuestrado a Kathy, Kathy intenta aceptar que ese monstruo que tiene delante “ahora” es otra persona, y Shade se aferra a ella como única referencia en un planeta que no entiende. De fondo, el “American Scream”, una manifestación de la locura que recorre Estados Unidos, distorsionando personas, lugares y recuerdos.

En los primeros 18 números, el gran arco del American Scream da a Shade the Changing Man una estructura más “clásica Vertigo”: road trip por una América alterada, cada parada convertida en símbolo de una herida del país. Asesinato de Kennedy, Hollywood hipócrita, marginación, violencia cotidiana… pero en cuanto rascas, descubres que lo que de verdad le interesa a Milligan no es la conspiración cósmica, sino cómo se rompen por dentro Shade, Kathy y quienes se cruzan con ellos.

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Kathy, Lenny y Shade: un triángulo amoroso en el filo de la locura

Uno de los grandes aciertos de Shade the Changing Man es que usa el “viaje por la locura de América” como decorado para algo mucho más crudo: una relación a tres bandas que se niega a seguir las reglas del romance de cómic de superhéroes. Shade cree haber encontrado el amor cuando en realidad se agarra a Kathy por necesidad. Kathy mezcla trauma, deseo, culpa y un alcoholismo que la persigue número tras número. Y cuando aparece Lenny Shapiro, punk, bisexual, pasadísima de honestidad y de sustancias, el cómic enseña sus cartas: esto va de relaciones adultas, no de parejas ideales.

Lo interesante es cómo Milligan escribe ese triángulo. No hay grandes discursos románticos, sino discusiones incómodas, sexo que no soluciona nada, mentiras “para proteger al otro” que solo abren más heridas. Shade necesita a Kathy para sentirse alguien en la Tierra, pero no sabe quién es él mismo. Kathy confunde el amor con la idea de “aguantar” y sacrificarlo todo. Lenny se mueve entre el deseo de cuidar a Kathy y el miedo a quedarse atrapada en una relación que la define más de lo que quiere.

El autor lleva esa dinámica al límite con escenas muy concretas: el momento en que la parte residual de Grenzer toma el control, se hace pasar por Shade y se acuesta con Kathy; la confesión posterior, el golpe a la autoestima de Shade al saber que “el otro” fue mejor amante; la huida de Kathy al alcohol cuando la verdad sale a la luz. Todo lo que en otro cómic sería un cliffhanger de horror aquí se convierte en detonante para hablar de sexo, culpa, consentimiento y heridas que nunca terminan de cerrar.

Y justo cuando parece que Shade y Kathy han encontrado un equilibrio, Milligan introduce una relación sentimental entre Kathy y Lenny. En vez de usarla como simple provocación, la vincula a la búsqueda de identidad de ambas y al pánico de Kathy a comprometerse con cualquier figura masculina que la lleve a repetir patrones. Shade the Changing Man no sermonea sobre fluidez sexual: la muestra a través de personajes que se contradicen y que, muchas veces, no saben ni cómo definirse.

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Identidad, cuerpo y “madness”: la gran obsesión de Peter Milligan

Si hay un tema que atraviesa toda la serie es la identidad. Y Milligan lo exprime desde todos los ángulos posibles. Shade habita el cuerpo de un asesino del que intenta distanciarse, pero del que no puede escapar del todo. Más adelante, cuando descubre que su cuerpo está realmente muerto, acaba reencarnado en cuerpo femenino y tiene que enfrentarse a la pregunta de si sigue siendo “él” o si ese nuevo cuerpo reconfigura quién es. El hijo que tiene con Kathy envejece de forma acelerada y termina atrapado en el cuerpo de la hija de Lenny. La propia “locura” que recorre Estados Unidos no deja de ser una guerra entre versiones posibles de uno mismo.

Cada arco explora una variación de ese conflicto de identidad: actores que viven atrapados en papeles, escritores incapaces de aceptar la muerte de sus seres queridos, comunidades que veneran una idea de normalidad que destruye cualquier diferencia, versiones alternativas del propio Shade que se independizan de su dueño. Vertigo siempre jugó con el terror, la metaficción y el comentario social, pero aquí Milligan clava algo muy concreto: el vértigo de no saber quién eres cuando quitas el disfraz, el rol, la pareja o la causa.

Ese conflicto es también lo que sabotea una y otra vez la relación entre Shade y Kathy. Él no puede amar a una persona real porque la idealiza; ella no termina de aceptar que merece algo distinto a repetir trauma tras trauma. Solo después de su muerte, y de años de huida, duelos y autodestrucción, Shade es capaz de aceptar que Kathy no era un símbolo ni una excusa, sino alguien concreto al que hizo mucho daño. El viaje en el tiempo del tramo final, con Shade regresando al momento del asesinato para cambiar el origen de todo, funciona precisamente porque no es un atajo argumental: es la única forma que tiene el personaje de afrontar por fin su responsabilidad.

El impacto visual: Chris Bachalo y la estética de la locura

En una serie tan obsesionada con la percepción y la realidad, el apartado gráfico es clave, y ahí Shade the Changing Man se beneficia de un Chris Bachalo en estado de gracia durante sus primeros años. Su estilo, todavía más contenido que el que más tarde veríamos en títulos de superhéroes, mezcla figuras deformadas, expresividad casi caricaturesca y una claridad narrativa sorprendente teniendo en cuenta la cantidad de recursos experimentales que utiliza.

Páginas que se doblan sobre sí mismas, viñetas que se estiran para sugerir estados mentales, elementos gráficos que invaden el espacio (cuadros de ajedrez, estrellas, formas abstractas) para que el lector sienta físicamente la irrupción de la locura en el mundo “real”… Todo eso, acompañado por el color digital de Daniel Vozzo, pionero en aquellos años, que utiliza bandas de color sin contorno, fondos saturados y texturas casi sucias para romper el límite entre normalidad y delirio.

Cuando Bachalo abandona la serie, otros dibujantes muy solventes (Colleen Doran, Sean Phillips, Mark Buckingham, Richard Case…) toman el relevo, pero el tono cambia. La locura ya no es tan plástica ni tan orgánica, y a partir de ahí el peso pasa casi por completo al trabajo de guion. Aun así, la huella visual de los primeros arcos es tan fuerte que marca toda la percepción que tenemos de la serie: Shade the Changing Man es, en nuestra memoria lectora, ese cómic donde todo parece a punto de deshacerse en cada página.

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Un Vertigo incómodo, irregular… y único

Es cierto: Shade the Changing Man no es una serie perfecta. Se descontrola, se dispersa, a veces parece perder de vista sus propias tramas. Pero también es precisamente lo que la hace tan especial dentro del catálogo Vertigo. Mientras otras series apuestan por grandes sagas de terror, fantasía o mito, Peter Milligan utiliza la excusa de la “madness” para colarnos algo mucho más íntimo: una historia de amor, duelo e identidad profundamente humana, contada con una honestidad brutal, poco complaciente y, a ratos, devastadora.

Para quien busque un cómic de Vertigo diferente, que mezcle surrealismo, terror emocional, crítica social y un triángulo amoroso de esos que se te quedan pegados, Shade the Changing Man sigue siendo una lectura imprescindible. No es la serie de Vertigo que se recomienda primero… pero muchas veces es la que más cuesta olvidar.