El decimocuarto volumen de Ayakashi Triangle, obra de Kentaro Yabuki y publicado en España por Ivrea, supone un punto de inflexión definitivo para la serie. Si hasta ahora la historia había alternado con naturalidad la comedia romántica, el fanservice característico del autor y las batallas sobrenaturales, este tomo amplía radicalmente el trasfondo de su universo y reconfigura las reglas que conocíamos. Las relaciones entre Matsuri Kazamaki, Suzu Kanade y los ayakashi alcanzan un nuevo nivel de profundidad, mientras el misterio del origen de la Sacerdotisa Ayakashi por fin sale a la luz.
Desde sus primeras páginas, el tono es más oscuro y solemne que de costumbre. El tomo comienza con una conversación entre Matoi Kazamaki y los Gogyosen, la enigmática cúpula que gobierna a los exorcistas ninjas. Allí, Matoi descubre una verdad inquietante: los Gogyosen consideran a Suzu Kanade su “enemiga jurada”. Su negativa a explicar el motivo deja en el aire un secreto que amenaza con dividir a toda la comunidad exorcista. Cuando Matoi regresa a Omiko City para informar a Matsuri, Suzu y los demás, la noticia desata un auténtico terremoto entre sus aliados.
El conflicto interno de los exorcistas y la amenaza invisible
Por primera vez, los protagonistas comprenden que el sistema al que pertenecen podría estar corrompido. Matsuri y Rochka quedan atónitos al saber que la asociación de exorcistas podría actuar movida por intereses personales, mientras Seigen confirma que los Gogyosen han vivido durante siglos gracias a una técnica secreta. Su longevidad, unida a su obsesión con las fuerzas del Yin y el Yang, los ha convertido en algo más cercano a entidades que a humanos.
Esta revelación abre una grieta moral en el corazón del manga. Hasta ahora, los exorcistas habían representado la autoridad y el orden frente a los Ayakashi, pero la sospecha de que sus líderes manipulan la historia introduce un nuevo tipo de conflicto: uno ideológico. Kentaro Yabuki, sin abandonar el tono ligero que caracteriza su obra, plantea aquí una reflexión sobre la corrupción del poder y la herencia de los mitos.
El baño con Kanade: un viaje al pasado ancestral
Suzu, incapaz de quedarse de brazos cruzados, busca respuestas en su propio interior. Pide a Shirogane que le permita hablar con Kanade, la conciencia espiritual que habita en su interior, y juntas se sumergen en una escena tan íntima como trascendente. El baño compartido entre ambas, clásico en la narrativa de Yabuki por su mezcla de sensualidad y simbolismo, se convierte aquí en un portal hacia la memoria ancestral.
Kanade utiliza el reflejo del agua para proyectar imágenes del pasado remoto: tiempos en los que los humanos aún no conocían a los Ayakashi y el mundo espiritual se hallaba en equilibrio. A través de esta visión, Suzu presencia el nacimiento de la primera Sacerdotisa Ayakashi, una figura legendaria que fue la receptora de la luz de Amaterasu, la diosa del sol. La sacerdotisa original, llamada Himiko, fue una joven elegida por la divinidad para mediar entre hombres y espíritus, pero su poder despertó el miedo de las fuerzas del Yin y el Yang, que terminaron asesinándola.
Sin embargo, su esencia divina no desapareció. Tras su muerte, otra reina heredó su poder y fundó un ciclo de reencarnaciones que se repetiría durante generaciones. Suzu Kanade descubre así que ella misma es la reencarnación actual de esa sacerdotisa solar, condenada a renacer una y otra vez para mantener el equilibrio entre ambos mundos. La escena, narrada con un tono casi mítico, es una de las más bellas del manga hasta ahora: Yabuki combina trazos delicados con un uso luminoso del blanco y el negro que refuerza el contraste entre la pureza de Himiko y la oscuridad de sus asesinos.
La maldición de los Gogyosen
Mientras Suzu comprende su papel en la historia, los Gogyosen ponen en marcha un ritual de venganza ancestral. Convencidos de que la Sacerdotisa Ayakashi ha frustrado durante siglos los designios de las fuerzas del Yin y el Yang, canalizan su resentimiento hacia ella mediante un hechizo que corrompe el flujo del haku, la energía espiritual que une a humanos y ayakashi.
En Omiko City, Suzu percibe los efectos del ritual: los ayakashi cercanos comienzan a alterarse, impulsados por una furia que no les pertenece. Consciente del peligro, reúne a todos los espíritus del área y les pide que se alejen de los humanos hasta que la maldición sea contenida. Es un momento clave en su desarrollo como personaje: la joven insegura de los primeros volúmenes se convierte en una auténtica líder espiritual, dispuesta a cargar con el peso de su destino.
El sacrificio de Matsuri y el milagro imposible
Pese a sus advertencias, el ataque llega. Un insecto maldito, portador del rencor de los Gogyosen, se infiltra en la ciudad con el objetivo de eliminar a Suzu. Cuando el peligro se materializa, Matsuri actúa por instinto y se interpone, recibiendo el impacto del hechizo. Lo que sigue es una de las escenas más imprevisibles de toda la serie: el jutsu que alteraba su género reacciona de forma anómala y provoca un fenómeno sin precedentes.
En lugar de revertir el hechizo, el poder espiritual se descontrola y divide a Matsuri en dos cuerpos distintos, uno masculino y otro femenino, coexistiendo en el mismo plano. La secuencia combina sorpresa, comedia y desconcierto: el Matsuri masculino aparece completamente desnudo frente a Shirogane y Kanade, mientras el resto intenta comprender lo que acaba de suceder. Kentaro Yabuki demuestra una vez más su talento para equilibrar el humor fanservice con la trama fantástica; lo que podría haber sido un simple gag se convierte en un evento con implicaciones enormes para el universo del manga.
Dos Matsuri, dos caminos
La división física del protagonista da lugar a una dinámica inédita. El Matsuri masculino, decidido y protector, considera que este accidente podría ser una oportunidad para acercarse a Suzu y le confiesa abiertamente su deseo de salir con ella. Por su parte, la Matsuri femenina experimenta una crisis de identidad: siente que su existencia es un error y que Suzu estaría mejor sin ella. Incapaz de soportar la situación, huye en busca de refugio y acaba en casa de Soga, generando una cadena de situaciones tan cómicas como embarazosas que alivian la tensión acumulada.
Esta división simboliza el conflicto interno que el manga lleva explorando desde el principio: la tensión entre los dos aspectos del alma de Matsuri. Su parte masculina representa el deber del guerrero, el protector; su lado femenino encarna la empatía, la dulzura y la confusión del deseo. Que ambos coexistan físicamente es la metáfora perfecta del equilibrio roto entre el Yin y el Yang que atraviesa todo el tomo.
El arte y la dirección de Yabuki
Visualmente, Ayakashi Triangle vol. 14 es uno de los tomos más impactantes de la serie. Kentaro Yabuki aprovecha cada página para jugar con contrastes: la luz del agua en la secuencia de Himiko, la densidad de la oscuridad que emana del ritual de los Gogyosen y la sensualidad sutil de las escenas cotidianas entre Suzu y los dos Matsuri. Las transiciones entre humor, erotismo y tragedia son fluidas, y el dibujo mantiene el nivel de detalle que ha hecho célebre al autor desde sus tiempos en To Love Ru.
El ritmo narrativo también se ajusta con precisión: los capítulos de revelación y misticismo se alternan con otros de respiro cómico, logrando que el lector nunca pierda el hilo ni se sienta abrumado.
Conclusión: un renacimiento espiritual para la serie
Este decimocuarto volumen representa un renacimiento literal y simbólico para Ayakashi Triangle. La historia abandona por fin la fase de enredos románticos para adentrarse en la mitología que sustenta su mundo, sin perder el encanto ligero que la define. Suzu se consolida como el eje espiritual de la trama, mientras Matsuri —ahora dos personas— encarna la dualidad que amenaza con destruir o salvar su vínculo.
Con un final abierto, lleno de promesas y nuevos dilemas, Ayakashi Triangle vol. 14 deja claro que Kentaro Yabuki ha encontrado el equilibrio perfecto entre comedia, sensualidad y épica sobrenatural. Un tomo imprescindible para quienes siguen la serie y una demostración de que, bajo el humor y el fanservice, late una historia de identidad, destino y redención.
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