Kill Logger: cuando la culpa sangra y los muertos no callan
Hay historias que no buscan consolar al lector, sino incomodarlo. Kill Logger, publicada recientemente en España por Moztros, pertenece sin duda a esa categoría. Desde sus primeras páginas deja claro que no estamos ante un thriller sobrenatural al uso ni ante un simple manga de terror explícito, sino frente a una obra que utiliza lo macabro como herramienta para hablar de culpa, violencia y justicia en un mundo donde los muertos siguen reclamando cuentas.
El manga, creado por Keita Sugahara al guion y Natsumi Inoue al dibujo, arranca con una tragedia directa y sin concesiones. Hiromu Morinaga pierde a sus padres en un brutal asesinato del que él mismo sale gravemente herido. El trauma no solo marca su vida emocional, sino que se manifiesta en forma de una habilidad perturbadora: en los días de lluvia, Hiromu puede ver a los espíritus de las víctimas adheridos a la espalda de quienes los asesinaron en vida. Rostros deformados, miradas suplicantes, cuerpos espectrales que no descansan. La muerte, en Kill Logger, no es un final, sino una carga.
Este planteamiento inicial es uno de los grandes aciertos de la obra. La habilidad de Hiromu no lo convierte en un héroe ni en un vengador automático, sino en un testigo constante del horror humano. Ver a los muertos no le otorga respuestas ni alivio, solo más preguntas y una sensación permanente de asco y miedo. Sugahara construye así un protagonista frágil, profundamente dañado, que no busca justicia por vocación, sino por necesidad emocional.
La llegada de Yuzuka Kohaku, nueva alumna del instituto, rompe el precario equilibrio de Hiromu. A su espalda no hay uno o dos espíritus, sino una multitud de almas en pena. La revelación es inmediata y demoledora: Yuzuka no es una víctima, sino algo mucho más inquietante. Se alimenta de asesinos. Su existencia se mueve en una frontera incómoda entre ángel exterminador y depredador sobrenatural. ¿Es un monstruo? ¿Un instrumento de justicia? Kill Logger nunca se apresura a responder, y ahí reside buena parte de su fuerza.
La relación entre Hiromu y Yuzuka se convierte en el eje narrativo del tomo. Él representa la culpa, la impotencia y el deseo de cerrar heridas imposibles. Ella encarna la violencia fría, la supervivencia y una lógica moral que no necesita justificarse. Juntos forman un dúo disfuncional pero magnético, que recuerda en espíritu a otros binomios del manga oscuro, aunque con una identidad propia claramente definida. No hay romanticismo gratuito ni idealización: su vínculo está construido desde la necesidad y la incomodidad mutua.
Narrativamente, Kill Logger adopta una estructura cercana a la investigación. Cada nuevo asesino, cada nuevo espíritu, añade capas al misterio central y amplía el alcance del mundo que Sugahara quiere mostrar. Sin embargo, el manga evita caer en la mecánica repetitiva de “caso de la semana”. El verdadero conflicto no está en atrapar culpables, sino en decidir qué hacer con ellos una vez revelada la verdad. ¿Matar al asesino libera realmente a las víctimas? ¿O solo perpetúa el ciclo de violencia?
Uno de los aspectos más interesantes del tomo es cómo maneja la ambigüedad moral. Hiromu no es un justiciero convencido, y Yuzuka no es una heroína encubierta. Ambos se mueven en una zona gris donde la justicia institucional no existe y la venganza no ofrece consuelo. Esta falta de respuestas claras puede resultar frustrante para algunos lectores, pero encaja perfectamente con el tono opresivo de la obra.
En el apartado visual, Natsumi Inoue ofrece un trabajo sólido y eficaz. Su estilo no busca una identidad extravagante, pero sabe ser expresivo cuando la historia lo requiere. Los rostros de los espíritus son especialmente perturbadores, con trazos que deforman la anatomía humana hasta convertirla en algo casi insoportable de mirar. El gore está presente y no se oculta, pero nunca se convierte en un fin en sí mismo. La violencia sirve para reforzar la atmósfera de podredumbre moral, no para provocar de forma gratuita.
La ambientación es otro de los grandes puntos fuertes. La lluvia constante, los callejones oscuros, los almacenes abandonados y los espacios urbanos degradados construyen un escenario donde la muerte parece una presencia cotidiana. El uso recurrente del clima como catalizador sobrenatural no solo refuerza la estética, sino que aporta coherencia interna al mundo de Kill Logger.
Es cierto que el tomo deja abiertas muchas incógnitas y plantea más preguntas de las que responde. El origen de las habilidades, el pasado de Yuzuka o el verdadero alcance de las consecuencias de matar asesinos quedan deliberadamente en el aire. Más que un defecto, esto parece una declaración de intenciones: Kill Logger no quiere tranquilizar al lector, quiere incomodarlo y obligarlo a reflexionar.
Como primer contacto con la obra, este volumen publicado por Moztros cumple con creces su función. Presenta un universo oscuro, personajes rotos y una premisa potente que se aleja del terror convencional para adentrarse en terrenos más incómodos y psicológicos. No es una lectura ligera ni complaciente, pero sí una propuesta muy interesante para quienes buscan manga de terror adulto con una carga temática fuerte.
Kill Logger no ofrece redención fácil ni héroes claros. Solo muertos que no descansan, vivos que cargan con su culpa y una verdad que, una vez vista, ya no puede ignorarse.
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