Reseña de La noche abisal – Molly Knox Ostertag sumerge el alma en las sombras del desierto

Con La noche abisal, publicada por Astronave (Norma Editorial), la autora estadounidense Molly Knox Ostertag —conocida por títulos tan celebrados como El chico brujo o La chica del mar— da un paso firme hacia una narrativa más madura y desgarradora. Este volumen de 480 páginas en cartoné es una novela gráfica monumental sobre la identidad, los secretos familiares y la difícil tarea de aceptarse a uno mismo cuando la oscuridad interior tiene dientes y hambre.

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Ambientada en un pequeño pueblo del desierto californiano, La noche abisal sigue a Magdalena “Mags” Herrera, una joven que está a punto de graduarse del instituto, pero cuya vida está marcada por una responsabilidad abrumadora. Cuida de su abuela enferma, trabaja a media jornada, mantiene una relación clandestina con una chica que tiene novio… y cada noche desciende al sótano para alimentar algo que no debería existir. Ese “algo”, un monstruo ancestral que forma parte de su legado familiar, la consume poco a poco. Es su carga y su castigo, una metáfora viva de la culpa, la represión y el miedo a mostrar lo que realmente somos.

El regreso inesperado de Nessa, su amiga de la infancia —ahora una mujer trans que vuelve al pueblo buscando respuestas— reabre heridas que Mags creía enterradas. La llegada de Nessa ilumina el presente gris y monótono de Mags con destellos de color y esperanza, pero también remueve un pasado que es imposible olvidar. A través de esta relación ambigua y llena de tensión emocional, Ostertag construye una historia que oscila entre el drama íntimo y el terror simbólico, con un tono que recuerda a las mejores narraciones de Tillie Walden o Jeff Lemire, pero con una voz propia, profundamente poética y queer.

El mayor logro de La noche abisal está en cómo Ostertag transforma lo monstruoso en metáfora. El “secreto con dientes” de Mags es, por supuesto, un ser físico, peligroso y real dentro del relato, pero también representa aquello que muchos prefieren esconder: la ansiedad, la depresión, el deseo, la herencia emocional o el trauma intergeneracional. La autora no fuerza esa lectura simbólica; la deja fluir de forma orgánica, permitiendo que el monstruo sea a la vez una amenaza tangible y un espejo de las sombras que todos llevamos dentro. En su lucha por mantenerlo encerrado y alimentado, Mags refleja esa pulsión tan humana de controlar lo incontrolable.

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El guion se desarrolla entre dos líneas temporales que se entrelazan con elegancia: el presente, marcado por el aislamiento, la culpa y el miedo, y el pasado, lleno de recuerdos luminosos que contrastan con la oscuridad actual. Las escenas de infancia entre Mags y Nessa están bañadas en color, como si la memoria misma se resistiera a volverse gris, y esa decisión visual se convierte en uno de los grandes aciertos narrativos del cómic. Ostertag utiliza el color como lenguaje emocional: el presente se dibuja en blanco y negro con destellos simbólicos —una gota de sangre, un rayo de sol, un reflejo en el espejo—, mientras que el pasado estalla en tonos cálidos y saturados, evocando una inocencia perdida.

Desde lo narrativo, Ostertag logra equilibrar magistralmente el drama personal con el terror psicológico. No hay sustos ni escenas de horror tradicionales, pero sí una tensión constante que va creciendo con cada página. Mags vive atrapada entre la culpa y la necesidad de proteger a los demás, y ese conflicto interno se vuelve el motor de toda la obra. El monstruo en el sótano puede interpretarse como una maldición heredada, pero también como un reflejo de cómo el peso del deber —especialmente en las mujeres jóvenes y en las hijas cuidadoras— puede devorarlo todo.

El componente queer está tratado con la sensibilidad habitual de Ostertag: sin didactismos, sin idealizaciones, con naturalidad y ternura. La relación entre Mags y Nessa se construye con pequeños gestos, silencios y miradas, más centrada en la conexión emocional que en el romance en sí. Ambas cargan con heridas distintas —una por su represión, la otra por su tránsito y la búsqueda de aceptación—, y su reencuentro no solo despierta el amor, sino también la posibilidad de redención.

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El estilo artístico de Ostertag mantiene su trazo reconocible, de figuras expresivas y líneas limpias, pero aquí se adentra en terrenos más densos y experimentales. Introduce fotografías reales y texturas de papel envejecido, como si la historia misma hubiera sido rescatada de un álbum de recuerdos corroído por el tiempo. Esta mezcla de técnicas otorga a La noche abisal un aire melancólico y tangible, reforzando esa sensación de que lo que leemos es a la vez una pesadilla y un testimonio emocional.

En última instancia, La noche abisal es una historia sobre la aceptación radical de uno mismo. Mags debe aprender que esconder su oscuridad solo la hace más poderosa, que negar lo que somos —nuestra identidad, nuestra rabia, nuestro deseo— es dejar que el monstruo gobierne desde las sombras. En su clímax, la novela gráfica alcanza un equilibrio catártico: la revelación no llega con sangre ni destrucción, sino con comprensión. Ostertag nos recuerda que amar también es mirar de frente al monstruo y decirle “te veo”.

Con La noche abisal, Molly Knox Ostertag entrega su obra más ambiciosa, profunda y emocionalmente madura hasta la fecha. Es una novela gráfica que se atreve a hurgar en lo incómodo, que habla de identidad, culpa, deseo y redención con una voz poética y poderosa. Un relato oscuro, sí, pero también lleno de ternura y de verdad. Si alguna vez has sentido que tus secretos podían devorarte, este libro te mostrará que incluso en la noche más abisal hay espacio para la luz.