DENJI INTENTA ANIMARSE, PERO…
Ya está aquí un nuevo volumen de la aclamada obra superventas de Tatsuki Fujimoto que arrasa en todo el mundo. ¡Con más de 30 millones de copias vendidas y un famoso anime disponible en Crunchyroll!
Asa y los demás deciden llevar a Denji a comer sushi para animarlo, ya que la desaparición de Nayuta lo ha dejado para el arrastre. Sin embargo, a mitad de camino, Samurai Sword le hace una picante sugerencia que provocará que el corazón le dé un vuelco.
Norma Editorial nos lo trae a España en un formato tankoubon de 11,5 x 17,5 centímetros en cuyo interior encontramos las clásicas 184 páginas en blanco y negro.
Si el tomo 19 de Chainsaw Man, publicado por Norma Editorial, ya suponía un descenso brutal hacia el caos, el volumen 20 confirma que Tatsuki Fujimoto ha decidido empujar su obra hacia un territorio todavía más incómodo, violento y metafísico. Lejos de ofrecer alivio tras el sacrificio de Nayuta y la descomposición literal de la realidad, este tomo introduce nuevas capas de desesperación y experimentación narrativa, con la aparición del Chainsaw Man negro como símbolo de todo lo prohibido. Lo que en la entrega anterior era el colapso emocional y conceptual de Denji, aquí se convierte en una fractura irreversible que amenaza con consumirlo a él, a sus vínculos y al mundo entero.
Del apocalipsis íntimo al infierno compartido
El tomo 19 cerraba con la imagen devastadora de Nayuta convertida en víctima de los juegos políticos y demoníacos que rodean a Denji. Esa pérdida no solo desencadena el descontrol del Chainsaw Devil, sino que inaugura un arco en el que la muerte y el sacrificio ya no son metáforas, sino mecanismos narrativos despiadados. Fujimoto, sin rodeos, elimina cualquier resquicio de esperanza: Nayuta no es una motivación futura, sino el combustible de una metamorfosis aterradora.
El tomo 20 se abre con la figura del Chainsaw Man negro, una manifestación distorsionada de Denji tras cruzar ese umbral emocional. No estamos ante el héroe grotesco que ya conocíamos, sino ante una versión aún más letal, un reflejo oscuro que parece alimentarse de la desesperación colectiva. Fujimoto lo dibuja con un trazo más salvaje, más cercano al garabato que a la anatomía, como si quisiera subrayar que ya no estamos en el terreno de lo humano, sino en una dimensión de puro instinto y devastación.
Yoru y Asa: entre la redención y la profanación
Uno de los grandes núcleos de este tomo es la relación entre Asa y Yoru. Tras haber tensado al máximo sus vínculos en volúmenes anteriores, aquí se enfrentan a la decisión más radical: convertir en arma aquello que hasta ahora se había considerado inviolable. Fujimoto plantea la cuestión con un tono casi sacrílego: ¿qué estamos dispuestos a profanar para ganar? El dilema de Asa no es solo estratégico, es existencial, porque convierte su capacidad en una metáfora de lo que la serie lleva arrastrando desde el principio: la banalización del cuerpo, del deseo y de la vida como meros recursos en una guerra sin fin.
Mientras tanto, Yoru se muestra cada vez más obsesionada con usar esa prohibición como su as bajo la manga contra el Chainsaw Man negro. El contraste entre la vulnerabilidad de Asa y la frialdad de Yoru intensifica la fractura identitaria, reforzando la idea de que el verdadero campo de batalla está tanto dentro como fuera de los personajes.
El demonio de la senectud y la guerra contra el tiempo
El nuevo antagonista que entra en escena, el Demonio de la Senectud, amplía la dimensión filosófica de Chainsaw Man. Su poder no se limita a la destrucción física, sino que actúa como una encarnación del tiempo mismo: devora la vitalidad, acelera la decadencia, convierte la existencia en un proceso de desgaste inevitable. En su enfrentamiento con Denji y Asa, Fujimoto no solo muestra un festival de gore y cuerpos destrozados, sino también la sensación de estar ante un enemigo invencible, contra el que no se puede luchar con espadas ni motosierras, porque su esencia es la certeza de la muerte.
La escena junto al lago es un ejemplo magistral de esta ambigüedad. La calma del agua contrasta con la violencia de lo que sucede, como si Fujimoto quisiera recordarnos que el tiempo, al final, sigue su curso impasible, indiferente al sufrimiento humano. Esa quietud convierte el combate en un infierno eterno, donde cada segundo parece repetirse y dilatarse en un bucle insoportable.
El apocalipsis como normalidad
Con los volúmenes 19 y 20, Chainsaw Man se consolida como un manga que ya no busca el impacto de la sorpresa, sino el de la reiteración. Fujimoto normaliza lo indecible: la pérdida de Nayuta, la mutilación emocional de Denji, la desaparición conceptual de elementos básicos como las orejas o las bocas, y ahora la existencia de un enemigo que encarna el fin de todas las cosas. Cada página transmite la sensación de que la humanidad está condenada no por un cataclismo externo, sino por la propia incapacidad de los personajes de sostener algo parecido a la esperanza.
Un dibujo en carne viva
En el apartado gráfico, el tomo 20 redobla la crudeza ya presente en el 19. La aparición del Chainsaw Man negro se plasma con composiciones agresivas, casi ilegibles, que refuerzan el descontrol de la narrativa. Las batallas contra el Demonio de la Senectud destacan por el contraste entre planos íntimos —rostros arrasados por la angustia— y escenas de devastación total, donde cuerpos y paisajes se desintegran en un mismo gesto. Fujimoto parece regodearse en la contradicción: la belleza del trazo y la fealdad de lo representado coexisten en un equilibrio incómodo.
Conclusión: Fujimoto, más allá del límite
Si el tomo 19 ya suponía un clímax insoportable, el 20 no hace sino confirmar que Chainsaw Man se mueve en un terreno donde la lógica narrativa tradicional deja de importar. Aquí lo crucial no es quién vence o pierde, sino cómo cada personaje se rompe a pedazos frente a un mundo que ya no tiene sentido. El Chainsaw Man negro, Yoru dispuesta a traspasar tabúes y el Demonio de la Senectud convierten este volumen en una de las entregas más radicales de la serie.
Leído en continuidad, los volúmenes 19 y 20 son un díptico brutal sobre la desesperación y la autodestrucción. Fujimoto no ofrece respuestas ni consuelos: solo un espejo deformado en el que se refleja lo peor —y lo más humano— de sus protagonistas. Un punto de no retorno para una serie que nunca ha tenido miedo de dinamitar sus propios cimientos.

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)