En su segunda entrega, Nana de Ai Yazawa, publicada en España por Editorial Planeta confirma algo que sus lectores más fieles ya intuían: esta no es solo una historia de romance juvenil ni de rock alternativo, sino un drama emocional de alto voltaje, tan adictivo como doloroso.
Este tomo, que recopila los capítulos 9 al 20 en una maravillosa edicion kanzenban con periodicidad trimestral, es una montaña rusa de reencuentros, desencuentros y revelaciones que reconfiguran las relaciones de todos los protagonistas.
Desde su llegada a Tokio, la vida de Hachi ha sido un cúmulo de expectativas románticas y decepciones, pero aquí asistimos al golpe más duro hasta la fecha: el final definitivo de su relación con Shoji. La ruptura, lejos de estallar en una confrontación abierta, se produce en silencio, con Hachi retirándose al descubrir la traición de Shoji con Sachiko.
La trama alterna entre la esfera personal y la musical con una fluidez impecable. Mientras Hachi se aferra a la idea de asistir a un concierto de Trapnest para distraerse, Blast, la banda de Nana Osaki, vive un momento crucial: su primer concierto en Tokio. Es allí donde conocemos a Misato Uehara, una fan de toda la vida que pronto se integra al círculo cercano de Nana. Esta incorporación, aparentemente inocente, despierta en Hachi una sensación de invasión de su espacio personal, un tema recurrente en la obra: la posesividad disfrazada de amistad y el miedo a perder el lugar que uno ocupa en la vida del otro.
El reencuentro entre Nana Osaki y Ren, guitarrista de Trapnest y amor de su vida, es otro de los ejes emocionales del volumen. Propiciado por Hachi, que ve en el concierto la oportunidad perfecta para unirlos de nuevo, este encuentro se convierte en una de las escenas más intensas del manga hasta la fecha. Yazawa despliega aquí todo su arsenal gráfico: viñetas que dilatan el tiempo, miradas cargadas de historia y silencios que pesan más que cualquier diálogo. La reconciliación no es dulce ni ingenua; está impregnada de la conciencia de que sus carreras, sus sueños y sus pasados son tanto una fuerza de unión como una amenaza latente.
Lo fascinante de este tomo es cómo, a medida que avanza, los vínculos se entrelazan en direcciones inesperadas. La aparición de Takumi Ichinose, bajista de Trapnest, sacude el mundo de Hachi, que pasa de la admiración a un acercamiento íntimo que no tarda en complicar todo el entramado emocional. Nobu, guitarrista de Blast y eterno enamorado en la sombra, se convierte en víctima directa de esta deriva afectiva, generando un triángulo que desborda el terreno del romance adolescente y se adentra en un territorio mucho más incómodo y realista: el de las decisiones precipitadas, el deseo como anestesia y la dolorosa falta de control sobre los propios impulsos.
Nana es un estudio sobre la fragilidad emocional y la dependencia, envuelto en una estética shojo sofisticada que combina el melodrama con un retrato honesto de la juventud urbana. Yazawa entiende que sus personajes no son héroes ni modelos a seguir; son seres humanos llenos de contradicciones, que buscan amor mientras huyen del compromiso, que persiguen sus sueños mientras sabotean sus oportunidades.
El inicio del tomo es un momento de devastación íntima que Yazawa ilustra con una sobriedad inesperada, más enfocada en el vacío posterior que en el drama de la infidelidad. Y es precisamente en ese vacío donde florecen las decisiones que marcarán el desarrollo del personaje: la búsqueda de consuelo en nuevas compañías, la necesidad de reencontrar una chispa vital y el comienzo de un juego de dependencias afectivas peligrosamente frágiles.
Esto hace que la lectura sea profundamente adictiva: no estamos ante un relato de superación, sino ante un espejo deformante pero reconocible de nuestras propias inseguridades y anhelos.
En el apartado artístico, Ai Yazawa sigue demostrando por qué su estilo es uno de los más reconocibles del manga contemporáneo. La composición de página juega con el espacio negativo y la tipografía para acentuar la intensidad emocional, mientras que los diseños de personajes, marcados por la moda y la personalidad de cada uno, refuerzan el carácter casi icónico de figuras como Nana Osaki o Takumi. El uso de recursos visuales clásicos del shojo no resultan repetitivos porque siempre estan al servicio de la emoción del momento, no como adorno gratuito.
Este volumen también profundiza en las conexiones entre Blast y Trapnest, no solo en lo profesional, sino en los lazos que vienen de la infancia y que explican mucho de la dinámica actual. Las conversaciones entre Yasu, Ren y Takumi añaden capas de historia que enriquecen la narrativa y plantan semillas para futuros conflictos. Del mismo modo, la vida laboral de Hachi y su posterior despido introducen un matiz realista que contrasta con la atmósfera glamourosa de los conciertos y las fiestas privadas, recordando que, detrás de los sueños, la vida sigue imponiendo sus propias reglas.
La conclusión del tomo, con la llegada inesperada de Takumi al apartamento 707 y la consiguiente huida emocional de Nana Osaki hacia Ren, es un cierre cargado de tensión que deja la sensación de que los equilibrios, ya precarios, están a punto de romperse definitivamente. El último tramo, que incluye la confesión de Nobu y el acercamiento entre Shin y Reira, amplía aún más el abanico de relaciones y promete un futuro lleno de tensiones cruzadas.
En definitiva, este tomo no es solo un capítulo más de una historia de amistad y amor en Tokio; es una exploración magistral de los vínculos humanos en su versión más cruda y contradictoria.
Ai Yazawa consigue que cada página pese, que cada decisión de sus personajes nos importe, y que la lectura se convierta en una experiencia emocional que permanece mucho después de cerrar el tomo. Recomendado para quienes buscan un manga que no tema mostrar el lado incómodo del amor, para lectores que disfrutan del shojo con sustancia y para aquellos que entienden que, a veces, crecer, duele tanto como enamorarse.









