Reseña de I Hate Fairyland Omnibus vol 1: fantasía gamberra, Gert atrapada en Fairyland y humor brutal de Skottie Young.
I Hate Fairyland Omnibus vol 1: fantasía de azúcar, hacha de guerra y la rabia más divertida de Skottie Young
Hay cómics que son un cuento de hadas… y luego está I Hate Fairyland Omnibus vol 1, que es exactamente lo contrario: una fantasía pastel convertida en campo de batalla, con vísceras, tacos, mala leche y un sentido del humor que no frena ni para respirar. Skottie Young coge la idea clásica de “niña transportada a un reino mágico” y la retuerce hasta que duele: Gert no es la elegida adorable, es una mujer adulta atrapada en el cuerpo de una niña desde hace décadas, con la paciencia destruida y una necesidad visceral de largarse de Fairyland cueste lo que cueste. I Hate Fairyland Omnibus vol 1 es una locura total, sí, pero también es una sátira muy afilada sobre la frustración, la repetición y el absurdo de perseguir un final feliz cuando el mundo te lo niega una y otra vez.
Panini Comics publica en España I Hate Fairyland Omnibus vol 1 en cartoné, con 560 páginas a color y tamaño 18 x 27,5, con fecha de lanzamiento 26 de marzo de 2026. El tomo recopila I Hate Fairyland 1-20 y el especial I Hate Image, presentándolo como un megacompendio de lujo que concentra el núcleo de la serie en un solo golpe. Y lo bueno de esta edición es precisamente eso: leerlo del tirón hace que la escalada de violencia, humor y desesperación se sienta como una espiral perfectamente controlada.
Skottie Young usa esa premisa para montar una comedia salvaje, pero también para jugar con un tema que se entiende al instante: la frustración de estar atrapado en un bucle. I Hate Fairyland Omnibus vol 1 habla del “para siempre” como amenaza. Del objetivo que se aleja cada vez que crees tenerlo. De la sensación de que el mundo te exige ser dulce cuando por dentro solo te queda rabia. Y lo cuenta sin ponerse serio, porque su arma es la exageración.
En ese viaje aparece Larry, una mosca fumadora que actúa como compañero y espejo de la protagonista. Larry no es “la voz de la razón” al estilo cuento infantil; es más bien un guía sarcástico que entiende que aquí sobrevivir es reírse de todo antes de que te reviente la cabeza. Juntos atraviesan zonas y pruebas que funcionan como parodias de la fantasía clásica: criaturas que parecen adorables hasta que intentan matarte, misiones que suenan heroicas pero se convierten en trampas, y enemigos que representan lo peor de Fairyland, desde reyes duendes a oleadas de personajes ridículos con una lógica de videojuego pasado de vueltas.
Lo importante es que I Hate Fairyland Omnibus vol 1 no se apoya solo en “matar por matar”. La violencia es parte del chiste, sí, pero también es la forma que tiene Gert de comunicarse con un mundo que no escucha. Cada vez que el reino le dice “sé buena, sigue el camino”, ella responde con el hacha. Y la serie exprime ese concepto hasta lo absurdo, sin perder el ritmo.
También hay una lectura muy divertida sobre el género en sí. I Hate Fairyland Omnibus vol 1 desmonta clichés de la fantasía: los “elegidos”, las misiones imposibles, los personajes cuqui como máscara de amenaza, la moralidad simplona. Y lo hace con una energía punk, como si cada página estuviera gritándole al cuento clásico “no me cuentes milongas”. Eso le da frescura incluso cuando el concepto se repite, porque la serie sabe variar escenarios, enemigos y formas de humillar a su protagonista.
Y por último está el tema de la cordura. Gert no solo lucha contra Fairyland. Lucha contra la idea de que quizá ya no haya salida. Esa tensión es lo que hace que el cómic sea más que una sucesión de gags: hay un fondo de desesperación real, solo que contado a golpes.
Ese choque visual es parte del chiste principal del cómic. La violencia se vuelve todavía más hilarante porque sucede en un mundo que parece diseñado para vender peluches. Y el color hace el resto: todo brilla, todo es bonito… hasta que deja de serlo. I Hate Fairyland Omnibus vol 1 convierte la estética en narrativa: te está diciendo constantemente “esto debería ser tierno, pero no lo es”.
Eso sí: no es una lectura “para todos los públicos”, ni pretende serlo. El chiste está en el exceso, en lo grotesco y en lo deslenguado. Si entras en ese juego, I Hate Fairyland Omnibus vol 1 engancha porque es creativo, rápido y sorprendentemente adictivo.







