Cuando uno escucha los nombres Rick Remender, Andy Samberg y Joe Trohman, lo último que esperaría es que su colaboración derivara en un cómic de superhéroes con boleras, neonazis y sangre a raudales. Pero The Holy Roller, publicado en España por Norma Editorial, es exactamente eso: una sátira irreverente, violenta y profundamente inteligente que convierte el absurdo en un arma de denuncia social. Un cómic de 280 páginas que combina la furia del pulp con el humor del mejor cine indie norteamericano.
La historia sigue a Levi Coen, un exjugador de bolos judío que, tras renunciar a su sueño para cuidar de su padre enfermo, regresa a su ciudad natal. Lo que encuentra allí no es el refugio del pasado, sino una pesadilla contemporánea: un pueblo dominado por el fanatismo, la intolerancia y un grupo de neonazis que campan a sus anchas con la complicidad silenciosa de las autoridades. En ese entorno, Levi descubre que su única manera de luchar contra el odio es literal: usar las bolas de bolos como armas y convertirse, sin pretenderlo, en el justiciero conocido como The Holy Roller.
Remender, conocido por obras como Clase letal o Ciencia oscura, regresa aquí a su tono más salvaje y punk. Pero bajo la capa de ironía se percibe un discurso honesto: la rabia ante una sociedad que banaliza el odio y convierte el fanatismo en entretenimiento. Levi Coen no es un héroe clásico, ni siquiera un antihéroe: es un hombre derrotado que decide levantarse porque no queda otra opción. Esa humanidad, esa fragilidad, es lo que hace que su cruzada resulte tan absurda como conmovedora.
El guion acierta al equilibrar los momentos de acción grotesca con escenas familiares llenas de ironía y ternura. Las conversaciones entre Levi y su padre enfermo, por ejemplo, combinan la acidez del humor judío con una profundidad emocional inesperada. Remender y Samberg entienden que el sarcasmo es, muchas veces, la forma más sincera de hablar del dolor.
La dualidad de Levi —entre la culpa y la rabia, entre el deseo de paz y la necesidad de pelear— recuerda a los héroes de Remender en títulos como Tokyo Ghost o Fear Agent: personajes que intentan hacer el bien en un mundo que se empeña en arrastrarlos a la ruina. Pero The Holy Roller se diferencia por su tono descaradamente contemporáneo: es un cómic que grita contra la estupidez colectiva sin perder la sonrisa.
Boschi, veterano de títulos como Lobezno o Magneto, se luce en las escenas de caos urbano, donde el exceso se convierte en arte. Los colores de Dinisio añaden una capa de ironía visual: el contraste entre la sangre y los tonos neón del entorno convierte cada página en una especie de videoclip violento y pop. El resultado es una estética entre Kick-Ass y The Boys, pero con una sensibilidad más artesanal y un humor mucho más sarcástico.
A pesar de su tono cómico, The Holy Roller no elude los temas difíciles. El antisemitismo, la desinformación, la radicalización juvenil y la nostalgia por una América “blanca” son tratados con una franqueza que sorprende. Los autores utilizan el género superheroico como metáfora política, desmontando los clichés del “vigilante” justiciero para revelar lo absurdo de toda ideología extremista.
El tono punk atraviesa toda la obra, tanto en el guion como en el dibujo. No se trata de ofrecer respuestas ni finales felices, sino de golpear simbólicamente a la intolerancia. Levi Coen no salva el mundo; apenas sobrevive. Pero en su torpe intento de hacerlo mejor hay más heroísmo que en mil sagas cósmicas.
En el fondo, The Holy Roller es un cómic sobre la resistencia moral. Sobre cómo las pequeñas acciones —una conversación, un gesto, una bola lanzada en el momento justo— pueden marcar la diferencia. Y también sobre cómo el humor puede ser una forma de coraje.
En conjunto, The Holy Roller es una de esas rarezas que logran equilibrar entretenimiento, crítica social y pura diversión. Es violento, hilarante y necesario. Una historia que, entre carcajadas y puñetazos, recuerda que el odio nunca se combate con silencio, sino con arte, ironía y un buen golpe de bolera.
En tiempos en los que la comedia parece peligrosa y la violencia real se banaliza, The Holy Roller reivindica el humor como acto de resistencia. Y eso, como diría Remender, es “el santo grial de hacer cómics”.


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