La edición española de Iruma-kun en el instituto demoniaco, publicada por Ivrea, alcanza un punto de inflexión con sus volúmenes 14 y 15. Cada tomo español recoge dos de los originales japoneses, y en este caso nos encontramos en pleno desarrollo y clímax del Examen Rompecorazones, una de las pruebas más intensas y reveladoras de la serie hasta la fecha. Con guion y dibujo de Osamu Nishi, la obra nos sigue recordando que, aunque el tono habitual esté cargado de humor, camaradería y momentos entrañables, el mundo de los demonios sigue siendo hostil, injusto y despiadado. Y es precisamente en este choque entre comedia y crudeza donde se encuentra gran parte del encanto de esta saga.
Iruma-kun en el instituto demoniaco vol. 14 y 15
Uno de los grandes atractivos de estos tomos es ver cómo personajes secundarios encuentran aquí la oportunidad de crecer. Asmodeus, habitualmente definido por su impecable técnica y su lealtad inquebrantable hacia Iruma, se ve empujado a un combate agotador contra Ifrit que lo obliga a dar un salto cualitativo en su desarrollo. Su enfrentamiento no es solo físico, sino también mental: la seriedad y disciplina que lo caracterizan se ponen a prueba frente a un adversario que parece inabarcable. En paralelo, Kamui demuestra que su lugar en la historia no se reduce a la comicidad, pues su enfrentamiento con Momonoki-sensei revela una capacidad inesperada para improvisar y resistir, un matiz que lo humaniza y lo hace más atractivo para el lector.
Pero no solo los veteranos tienen su momento. Los nuevos estudiantes de primer año, obligados a colaborar con la Clase Anormal, aportan frescura y diversidad al relato. Su inexperiencia, lejos de ser un lastre, se convierte en un motor narrativo que subraya la importancia del trabajo en equipo. Las dinámicas entre ellos y los protagonistas de siempre muestran que el crecimiento en el mundo demoníaco no se consigue de manera aislada, sino a través del roce, la cooperación y, en ocasiones, la dependencia mutua.
La entrada en escena de los profesores más temidos, Kalego y Balam, eleva aún más la tensión del arco. Kalego, con su habitual severidad, simboliza el juicio implacable del sistema educativo demoníaco, mientras que Balam, con su aura de misterio y poder latente, recuerda que incluso entre aliados existen figuras capaces de aplastar a los estudiantes con un solo gesto. La participación de ambos refuerza la sensación de que el examen no es un simple juego, sino una experiencia diseñada para quebrar y reconstruir a los alumnos.El momento decisivo de esta saga llega con Atori, uno de los nuevos profesores, quien rompe todas las reglas al perder el control y pasar de examinador a amenaza mortal. Su arrebato convierte la prueba en una batalla de supervivencia real y desvela el trasfondo político que late bajo la aparente rutina escolar: facciones demoníacas enfrentadas, traiciones ocultas y la sombra del antiguo rey demonio Delkira planeando sobre Iruma. Es aquí donde el tono ligero de la serie se entrelaza con un dramatismo que sorprende y atrapa, recordando al lector que tras la fachada cómica siempre hubo un conflicto de mayor magnitud.
El arco también ofrece escenas memorables de secundarios como Agares, cuyo discurso sobre lo difícil que es alcanzar una vida cómoda aporta una inesperada profundidad filosófica, o Jazz, que vuelve a brillar con su ingenio aunque quede relegado frente a otros. Estos momentos reafirman la riqueza coral de Iruma-kun en el instituto demoniaco: no es una historia centrada únicamente en su protagonista, sino en toda una clase de marginados que, a base de tropiezos y victorias, aprenden a desafiar un mundo que constantemente intenta aplastarlos.
Visualmente, Nishi despliega su habitual equilibrio entre expresividad caricaturesca y dinamismo en la acción. El contraste entre la comicidad de los gestos y la crudeza de los combates mantiene el ritmo vibrante, mientras que las viñetas dedicadas a los poderes de los profesores o al estallido de Atori aportan un dramatismo que amplifica el impacto narrativo.
En conjunto, estos dos tomos exigen tanto a los personajes como al lector: muestran la dureza del mundo demoníaco, refuerzan la necesidad de crecimiento y abren la puerta a revelaciones que redefinirán el futuro de Iruma y de la Clase Anormal. Este clímax es un recordatorio de por qué la obra ha logrado un equilibrio tan particular entre humor, ternura y crudeza.








